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Mundo Desconocido: El Necronomicon
Así las cosas, dejé descansar el tema totalmente desprevenido contra el giro sin precedentes que iban a tomar
pronto los sucesos, los cuales alterarían radicalmente mis conclusiones previas sobre los que, seguramente,
deben ser 1os textos mágicos más controvertidos y enigmáticos.
Mientras estaba recopilando material para un libro sobre los documentos inéditos de John Dee, encontré un
manuscrito críptico del siglo XVI conocido como Liber Logaeth o The Book of Enoch (28). El manuscrito
consistía en 101 cuadrados mágicos sumamente complicados, 96 de los cuales constaban de 49 x 49 celdillas
y 5 de 36 x 72 celdillas. Todo el conjunto estaba adornado por una serie muy confusa de letras (en alfabeto
latino) y números en un orden absolutamente aleatorio. Quedé totalmente desorientado sin saber qué hacer
con este manuscrito de Dee tan particular, el cual llevaba el título de Liber Mysteriorum Sextus et Sanctus,
el Sexto Libro de los Santos Misterios(2S). Las diversas referencias al Liber Logaeth en las obras publicadas
establecían que Dee empleó el libro a modo de sistema de índice cruzado que le permitía formar otra serie de
cuadrados mágicos conocidos como las Tablillas Enoquianas. Si esto era así, ¿por qué esta complejidad? La
suma total de las letras de las Tablillas Enoquianas es sólo de 644, por lo que parecía absurdo que fuese
necesario un sistema cruzado con más de 240.000 letras solamente para su formación. No, debía de haber
otra explicación. El mismo Dee dejó muy poca información en su Sexto Libro Sagrado, aparte de decir que
contenía "El Misterio de nuestra Creación, la Edad de muchos años y el fin del Mundo"í30) y que la primera
página del libro representaba el caos.
Se me ocurrió que el conjunto podría haber sido en algún tipo de código o sistema cifrado isabelino. Si era
así, presentía que no había ninguna probabilidad de que yo fuese capaz de desenmarañar algo de una
complejidad tan extraordinaria sin la ayuda de un experto en criptografía. Entonces recordé el éxito del Dr.
Donald Laycock, un filólogo australiano que había empleado un ordenador en un esfuerzo para probar la
validez del lenguaje enoquiano de Dee. Laycock después de una reunión para beber unas copas en el Club de
las Artes Teatrales de Londres, me había explicado, hace algunos años, la elevada concordancia que había
observado con su ordenador. Sin embargo, el problema presente era bastante distinto al que fue resuelto por
Laycock, porque ahora se trataba de un intento de descifrar un código desconocido sin emplear ni un
fragmento de información concreta como guía.
Comuniqué mi apuro en una carta que escribí a Colín Wilson, el cual me respondió poniéndome en contacto
con David Langford, un joven experto en ordenadores, el cual me ofreció entusiásticamente su ayuda en el
asunto. Pronto se puso en evidencia que David Langford era la persona completamente idónea para la
compleja labor que había que desarrollar, no sólo porque tenía acceso a uno de los más sofisticados
ordenadores que había disponibles, sino también por sus considerables conocimientos sobre las técnicas
isabelinas de cifrado, ya que era investigador de la criptografía baconiana (de Bacon). En su momento le
transmití una copia fotográfica del Liber Logaeth de Dee y esperé impacientemente los posibles resultados.
Como David Langford ya trata adecuadamente en este libro el laberinto del programa del descifrado, pasaré
rápidamente al sorprendente y totalmente inesperado resultado de este trabajo.
Durante los meses en que las páginas del misterioso manuscrito de Dee estuvieron sometidas a un examen
metódico y cuidadoso, entre David Langford y yo se cruzó un voluminoso acopio de correspondencia, y los
trozos de cada nueva información se analizaron uno por uno como parte del inequívoco e increíble patrón
que iba surgiendo lentamente. Desde luego, el manuscrito se había escrito expresamente en clave, con una
clave de gran complejidad, y quienquiera que codificara originalmente el manuscrito, dio unos increíbles
rodeos para guardar el secreto de su contenido. Las razones para unas precauciones tan elaboradas eran muy
fáciles de adivinar, ya que el texto montado, aunque algo inconexo y sin título, podía ser nada menos que un
resumen de aquel Necronomicon tan difícil de conseguir. Los nombres de los entes, los lugares y los
conceptos mitológicos resultaban casi idénticos a los dados por Lovecraft.
La pregunta era: ¿cómo podía compararse tan estrechamente la descripción de Lovecraft del Necronomicon
con nuestro texto recién descubierto? Era inconcebible que antes se hubiese hecho un descifrado del
criptograma de Dee sin la ayuda de la moderna cibernética, a menos que alguien, por una casualidad
extremadamente remota, hubiese dado con las claves ocultas para su interpretación. Por otra parte, el texto
codificado de Dee podía haberse extraído de un manuscrito anterior, un ejemplar del cual podía haber
llegado a poder de Lovecraft. Quedan muchos problemas por resolver; si hubiésemos descubierto ciertos
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