Cosmopolitismo como ideal caprichoso.pdf

Vista previa de texto
Llevamos ya más de 13 años en el siglo XXI, si bien es cierto que el anterior fue
el de las grandes guerras, éste se ha convertido en el de la globalización. Bien es cierto
que los ordenadores, los teléfonos móviles e internet se desarrollaron antes de entrar en
este tercer milenio después de Cristo, pero la extrema utilización de los mismos no se
dio hasta recién entrado el anterior. Hoy en día usamos Youtube, Twitter, Facebook y
diferentes portales y webs de internet para compartir, consultar y contrastar información;
sí, los vídeos haciendo el idiota de 15 segundos que subimos a la red social desarrollada
por Mark Zuckerberg también son información, hacemos saber a nuestros contactos lo
bien que lo pasamos, cómo, cuándo y con quién, también las fotos que colgamos y las
reflexiones que escribimos en el muro por estúpidas que puedan ser. No voy a enjuiciar
lo que cada uno debería hacer con su vida social, ni tampoco voy a considerar que
emplear internet para lo anterior es correcto o no, lo que me gustaría hacer es
reflexionar sobre lo que significa todo lo que estamos haciendo. ¡Estamos todos en
constante contacto!, ¿somos iguales?
Hace 2500 años aproximadamente, Atenas era la ciudad por excelencia de la
civilización occidental. La política estaba en su máximo esplendor, la ciencia se
desarrollaba de manera fructífera y cualquier tipo de arte también. La Ilustración
Griega se caracterizó por la búsqueda racional de respuestas, dejando de lado tanto
mitos como caprichosos dioses de un monte que se alzaba a más de 2000 metros de
altitud. En lo tocante a la política y a los derechos que correspondían a cada uno,
después de un período en el que se consideraba que los hombres que no eran griegos no
tenían logos y que por tanto no podían participar en la vida pública, algunos pensadores
dieron un vuelco revolucionario a la historia, muchos de ellos sofistas. Arístipo de
Cirene, discípulo de Sócrates y fundador de la escuela cirenaica, consideró que no
podíamos ser educados para mandar u obedecer, es decir, para ser esclavos o señores, y
que tampoco debíamos arraigarnos en la polis y ser siempre extranjeros. Hipias, anterior
en el tiempo y sofista, afirmaba que la vida debía estar regida por leyes de la naturaleza
y no de la ciudad. Existía, para él, una ley Natural, inmutable e inalienable, superior a
cualquier ley humana y contingente. La anterior separa a los hombres, la ley Natural los
une. Algo más cerca a nuestros días, no demasiado, el cínico Diógenes de Sinope
comenzaba a usar la palabra “cosmopolita”. Él se autodenominaba ciudadano del
mundo, no sentía una inherente y fuerte conexión hacia ningún estado o ciudad, sino
que consideraba que en todos los lugares se podría estar bien, que de todas las
comunidades podríamos sacar algo de provecho. Este discípulo de Antístenes, basaba
