Cosmopolitismo como ideal caprichoso.pdf

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sus ideales en la universalidad, la diferencia y el cambio constante al cual estamos
expuestos todos los seres humanos. El buen cosmopolita tomaba decisiones diferentes
en momentos también diferentes, ejerciendo el autodominio, sin influir negativamente
en ninguno de sus congéneres, independientemente de la sociedad en la que se
encuentre. Se dice que Diógenes una vez estaba observando una pila de cadáveres y
Alejandro Magno le preguntó qué hacía, él le respondió: “Estoy buscando los huesos de
tu padre pero no puedo distinguirlos de los de un exclavo.” Este tan interesante
pensamiento fue recogido en el siglo III a.C. por la escuela estoica fundada por Zenón
de Citio. Los estudiosos pertenecientes a esta corriente afirmaban que todos los seres
humanos estaban impregnados de un logos universal que nos hacía ser libres siempre y
cuando aceptásemos nuestro destino, viviendo pues de manera racional, sin dejar que las
pasiones y los vicios nos perturbasen. Somos ciudadanos del mundo, todos somos
iguales, no somos más que hombres y deberíamos ayudarnos entre nosotros.
Cualquiera de estos pensadores reconoció que guardamos gran cantidad de cosas
en común, aunque es cierto que otras tantas son diferentes, pero al fin y al cabo somos
seres humanos, con unas capacidades muy semejantes unos de otros. El ilustre filósofo
alemán, Kant, propuso un gobierno cosmopolita en 1784 en Idea para una historia
universal en sentido cosmopolita, basándose casi plenamente en el uso de la razón: es
cierto que los humanos tenemos una tendencia importante de individualizarnos, de
sentirnos diferentes del resto, pero también tenemos la misma para unirnos, pues al final,
si el resto de personas no pueden percibir cómo es nuestra vida, ni cuán diferentes
somos, ¿para qué queremos ser diferentes a ellos?, es más, si solamente existo yo,
objetivo que pretendo alcanzar al ser tan egoísta y autónomo, ¿a quién soy distinto?
Ahora bien, si aplicamos el imperativo categórico del natural de Königsberg,
podríamos llegar a la conclusión de que la mayoría de las leyes que están establecidas
son tanto innecesarias como inadecuadas ya que las conductas que hemos de seguir son
universalmente válidas, es decir, podrían llevarse a cabo de forma correcta por cualquier
ser humano en cualquier parte del mundo. No matar sería un acto moralmente malo en
cualquier momento y lugar, pues pensemos: si todos matásemos, cualquiera podría
matar y no podríamos llegar a lo que todo individuo pretende llegar, la felicidad;
acabaríamos con nuestra especie y haríamos que los pocos habitantes que no han sido
asesinados vivan con miedo.
Muy pocos cosmopolitas llegan a exigir un gobierno mundial sin comunidades
más pequeñas ni divisiones, lo que más reivindican estos pensadores es un mundo en el
