Necul, relatos y anécdotas de un halconcito gris.pdf

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Una vez más mi terquedad tomó el control de la situación y comencé a buscar estrategias para no
resignarme a volar solo entre las plantas, yo lo quería ver haciendo lances largos, subiendo y por qué no
dibujando fintas en el aire. Para lograr esto me construí un par de trampas que me permitieran capturar un
importante número de escapes, mi teoría era que soltándole escapes en espacios abiertos poco a poco se
iría acostumbrando estos lugares y terminaría aceptándolos.
Si bien íbamos a continuar volando cerca de la cortina de arboles la idea
era poder ir alejándonos cada vez más de ella, para esto antes de iniciar la
caminata había colocado a unos 100mts dentro de los médanos y
escondidas entre los pastos donde suelen estar los pajaritos dos cajas de
lanzar cada una con un tordo mermado de ambas alas (2 plumas menos
de cada lado). Cuando ya estaba todo listo empecé a recorrer el cazadero
como siempre, pegado a los arboles, con la diferencia que ahora cuando lo
llamaba al guante me alejaba un poco más de lo normal. Le costaba acudir
al guante, estaba claro que no se quería alejar tanto pero una vez que lo
hacía sujetaba las pihuelas y dábamos un breve paseo por el medio del
campo. Fue durante una de esas caminatas mientras nos alejábamos de
las plantas que activé la primera de las cajas de lanzar, como si se tratara
de una paloma pestañeada el tordo salió volando casi de forma vertical,
Necul lo siguió de inmediato sin pensarlo pero cuando advirtió que la
carrera estaba tomando dirección ascendente comenzó a aflojar y
finalmente dio la vuelta hacia mí. De todos modos lo premié con una
picadita y retomamos hacía los arboles. Caminamos otro rato hasta que
me pareció que había llegado el momento de dar por terminada la lección
del día, volvimos a separarnos de las plantas y le solté el segundo escape,
esta vez el tordo salió volando como yo esperaba, a media altura y
apuntando a los arboles que estaban más lejos. Necul se le pego atrás y
fue acortándole distancia hasta que lo tuvo tan cerca que lo obligo a bajar
entre el pajonal. Al llegar me lo encuentro parado sobre su negra presa picoteándole con ferocidad el cuello, lo
