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segundo gobernante del imperio y, por lo tanto, únicamente pudo ofrecer a Daniel ser “el tercero en
el reino”. (Da 5:16.)
Es verdad que las inscripciones oficiales dan a Belsasar el título de “príncipe heredero”, mientras
que en el libro de Daniel se le llama “rey”. (Da 5:1-30.) No obstante, a juzgar por un reciente
descubrimiento arqueológico hecho en el N. de Siria, la diferencia es explicable. En 1979 se
desenterró una estatua de tamaño real de un gobernante de la antigua Gozán. En su falda llevaba
dos inscripciones, una en asirio y otra en arameo, el lenguaje en el que se escribió el relato de
Belsasar del libro de Daniel. Las dos inscripciones, casi idénticas, tenían una notable diferencia. El
texto en el lenguaje imperial asirio dice que la estatua era del “gobernador de Gozán”, mientras que
el texto en arameo, el lenguaje local, lo llama “rey”.
En consecuencia, el arqueólogo y lingüista Alan Millard escribe: “A la luz de las fuentes babilonias
y de los nuevos textos sobre esta estatua, puede que se haya considerado normal que registros
extraoficiales como el libro de Daniel llamen ‘rey’ a Belsasar. Actuó como rey por delegación de su
padre, aunque es posible que oficialmente no lo fuera. El que en la narración de Daniel se hubiese
entrado en una explicación más precisa sobre esta cuestión hubiera resultado improcedente y
confuso”. (Biblical Archaeology Review, mayo/junio 1985, pág. 77.)
Se esperaba que los que ejercían el poder soberano en Babilonia fueran ejemplares en la
adoración de sus dioses. Hay seis textos cuneiformes sobre el período transcurrido entre los años
quinto y decimotercero del reinado de Nabonido que demuestran la devoción de Belsasar a las
deidades babilonias. Estos documentos indican que Belsasar, como rey en funciones durante la
ausencia de Nabonido, ofreció oro, plata y animales en los templos de Erec y Sippar, comportamiento
consecuente con su posición real.
Fin de la gobernación de Belsasar. Durante la noche del 5 de octubre de 539 a. E.C. (según el
calendario gregoriano, o del 11 de octubre según el calendario juliano), Belsasar celebró un gran
festín para mil de sus grandes, tal como relata el capítulo 5 de Daniel. (Da 5:1.) En esos momentos
las fuerzas de Ciro el persa y su aliado Darío el medo amenazaban Babilonia. De acuerdo con el
historiador judío Josefo (quien a su vez cita de Beroso, historiador babilonio), Nabonido se había
refugiado en Borsippa después de haber sufrido una derrota a manos de las fuerzas medopersas.
(Contra Apión, libro I, sec. 20.) De ser así, Belsasar habría quedado como rey en funciones en
Babilonia. No debe parecer insólito que se celebrara un banquete con la ciudad sitiada, máxime si
se tiene en cuenta que los babilonios consideraban inexpugnables los muros de la ciudad. Los
historiadores Heródoto y Jenofonte también afirman que la ciudad tenía suministros abundantes de
artículos de primera necesidad, así que no existía la preocupación de posibles escaseces. Heródoto
registra que aquella noche la ciudad estaba en fiesta, danzando y divirtiéndose.
Durante la fiesta, Belsasar, que estaba bajo la influencia del vino, pidió que se llevaran los vasos
del templo de Jerusalén, de modo que tanto él como sus invitados y sus esposas y concubinas
pudieran beber de ellos mientras alababan a los dioses babilonios. No se pidieron los vasos porque
no hubiera suficientes, sino que obviamente fue un acto deliberado de desdén de este rey pagano
hacia el Dios de los israelitas, Jehová. (Da 5:2-4.) De este modo desafió a Jehová, quien había
inspirado las profecías que anunciaban la caída de Babilonia. A Belsasar no parecía preocuparle el
sitio de las fuerzas enemigas; no obstante, recibió una fuerte sacudida cuando de repente apareció
una mano que empezó a escribir en la pared del palacio. Temblando, mandó llamar a todos los sabios
de Babilonia para que le interpretaran el mensaje escrito, pero ninguno fue capaz de hacerlo. El
registro dice que entonces la reina le ofreció un prudente consejo, recomendándole a Daniel como
el que podía facilitarle la interpretación. (Da 5:5-12.) Algunos estudiosos piensan que “la reina” no era
la esposa de Belsasar, sino su madre, que, según se cree, fue Nitocris, la hija de Nabucodonosor.
Daniel reveló por inspiración el significado del mensaje milagroso que anunciaba la caída de
Babilonia ante los medos y los persas. Aunque el anciano profeta condenó el acto blasfemo de
Belsasar de usar los vasos de la adoración de Jehová en la alabanza de dioses que nada contemplan
y nada oyen y nada saben, Belsasar mantuvo su proposición e invistió a Daniel como tercer
gobernante de aquel reino condenado a la ruina. (Da 5:17-29.)
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