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Revista Número 3
KAMINU LIMAY

hombre de ideas abiertas y lecturas incomprensibles, estaba en la
obligación de aceptar y asumir su trágica decisión con diplomacia,
preparado para el adiós que rompiera con la hermosa rutina que
compartimos durante tantos años y con mi acostumbrada calma, a
punto de reventar en un manantial de amargos sollozos.
Me incorporé serenamente de la mesa, la miré fijamente a los ojos,
como quien increpara a un gusano que se comió la carne de la amada
mientras dormía. Sin más preámbulo, dije:
— Si te vas, asegúrate de llevar algún dinero y cerrar bien la puerta,
para que Bruno no me abandone como tú has decidido hacerlo.
Di media vuelta y me dirigí hacia afuera, cuando sentí la tibieza de
sus manos arrugadas que atrapaban mi mano derecha para que no
huyera, para que reposara el acre sabor de mi ansiedad febril en la
parsimonia de su vientre flácido y sus senos agotados, purgando la
desgracia pensativa de aquel telúrico día. Al volverme, estrellé de
golpe la mirada en sus ojos que lloraban; con voz lastimera y casi
susurrando, con las lágrimas adornando sus mejillas de cordillera,
dijo:
— ¡Es que hoy también se me ha olvidado tu nombre!
En ese momento comprendí el vacío insólito de sus ojos y la nada
a la que siempre remitían sus labios. La abracé como nunca, con
una fuerza sobrenatural, para que muy dentro de sus huesos nunca
olvidara que, a pesar de todo, siempre estaría a su lado, amándola,
pese a que su olvido hacia mi fuera irremediable, haciéndole
entender que aunque su enfermedad anunciaba un terrible fin para
los dos, nunca me iba a alejar de ella, sería su compañero fiel, hasta
la muerte. En la última cita del mes, el doctor Rubiano me confirmó
que dentro de un par de semanas sería para ella un completo
desconocido.

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