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Revista Número 3
KAMINU LIMAY
Q
ué molestas las decisiones inseguras, carentes de forma
soluble, estériles de risa. En tus manos estaba la idiotez
de elegir: irte sería inevitablemente cruel para los dos,
pero, si la juzgabas como decisión correcta, nada podía hacer; si te
quedabas sería como una gracia divina. El día en que estabas en la
incertidumbre de si largarte o no, estabas con un atisbo de timidez
y distancia, perceptible a los diez metros que separaban la calidez
del cuarto de la aspereza de la cocina, donde preparabas un café de
aroma turbio, tostadas con mantequilla y un par de huevos fritos
con cara de estar dispuestos a asesinar el día.
— ¿Qué te pasa? — pregunté, con la dulzura de un cachorro animal
recién adoptado.
— Nada — respondiste de golpe, con el eco de una desesperanza
tal que el vacío de tus ojos corroboraba la incursión en esa nada que
argüías.
Será uno de sus anémicos días, pensé, y continué, acto seguido,
con el desayuno. Era lunes, entraba a las 7: 30 am a las oficinas
de Radio Nacional, donde trabajaba dirigiendo un programa de
entretenimiento y no sé cuántas babosadas más, que ni siquiera me
forzaba en investigar, pues era bastante bueno dramatizando los
innúmeros libretos con los cuales había que destinar lo dicho para
que la gente estuviera conforme y se sintiera feliz con lo que oía —
según el dueño de la emisora, este era el bálsamo auditivo que los
sacaba de la violencia cotidiana —; yo estaba un poco en desacuerdo,
pero órdenes son órdenes. Salí a las doce rumbo a casa, ¡por fin!, era
hora de almorzar. En la tarde trabajaba como administrador de un
lujoso hotel en la Calle Arlette, de 2 a 7 pm. Era algo vano trabajar
ahí; sin embargo, siempre tenía la desgracia de conocer gente nueva.
La gente me repugna, es molesta, pero de todas formas me divierte.
Llegué a casa a la 1 con 15, el almuerzo estaba increíble, pero la
opacidad del comedor impidió que el hambre acostumbrada de mi
sobrenatural estómago se saciara; no podía comer viéndote ahí,
frente a mí, impávida, absorta, con esa mirada alelada y fría de quien
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