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Colectivo Literario
KAMINU LIMAY

estrena en su cuerpo una anestesia vegetal, prolongada hasta el
infinito de la muerte.
— ¿Qué te pasa, María Luisa? — volví a insistir, con más vehemencia
que en la mañana.
— Nada — surgió pálida la respuesta de tus labios, con un desgano
absurdo, con la contemplación inmóvil de quien tiene nubarrones
en los ojos y ni siquiera parpadea para evadirlos.
Tomé una abigarrada bocanada de aire, hasta que sentí llena la
ansiedad de los pulmones; me llevé dócil y automáticamente las
manos al rostro, para resguardar mi incertidumbre en ellas, conté
hasta diez y volví mis ojos a los suyos que parecían perdidos, olvidados
del mundo. No entendía, si todo es azar, las botas empolvadas que
llevaba puestas, los platos ubicados con simetría sobre la mesa, la
tristeza de María Luisa, el ruido del camión de la basura, la gente
que transitaba en las afueras; no entendía cómo demonios mi mujer
no podía apostar a este cándido enemigo y proferir como por azar
un “no sé qué me pasa”, “estoy cansada de ti”, “ya no te quiero”,
“vete al demonio”, cosas así, que yo pudiera entender, con las que yo
comprendiera sin tanto seso las razones de mi abatimiento, pero…
¡decirme que no le pasaba nada!, cuando yo percibía la desazón de
su espíritu a leguas. Me arremangaba los nervios, me machacaba las
neuronas de tanto pensar, a fuerza de develar la incertidumbre que
me carcomía.
Lo más idóneo de pensar era que había decidido dejarme, después
de cuarenta años juntos, dos hijos en la universidad, y Bruno,
el viejo y leal perro, que acompañaba nuestra soledad de padres
desamparados. Durante tantos años habíamos sido una familia
feliz, ejemplo de familia, me atrevería a decir; no teníamos nietos
aún, porque nuestros hijos fueron lo bastante inteligentes para no
encartarse con criaturas a temprana edad, pero todavía no podía
caberme en la cabeza, ¿cómo era posible que María Luisa, a sus
62 años cumplidos la semana pasada, se propusiese dejarme?, no
lo entendía por ningún medio. De todas formas, yo, que soy un
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