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Revista Número 3
KAMINU LIMAY
muy lejos filas y escuadrones de hombres, como el de aquella vez, y
con el mismo uniforme rondando el río cerca de mi casa.
Un día que estaba haciendo las tareas de la escuela, en la entrada de
mi casa, me pareció ver que en el río se arrastraba una espuma blanca
densa, el agua se veía turbia y, entonces, al haberme cerciorado de
que mi mamá no se diera cuenta, bajé hasta el río para ver qué
sucedía. No recuerdo cuanto tiempo recorrí la ribera, porque todo
dentro de mí se aceleró de súbito en el momento en que escuché los
susurros de unas voces a muy pocos metros. Con el corazón atorado
en la garganta, me fui acercando subrepticiamente, cuando ahí
estaban: era un campamento de muchos hombres, algunos lavando
sus uniformes, unos colgando hamacas, otros jugando cartas sobre
unos tanques azules grandotes y, en ese momento, accidentalmente
hice que se desmoronara un poco de tierra y, del pavor que sentí al
creerme descubierta, me quedé inmóvil encogida de hombros, pero
nunca pensé en la evidente posibilidad de muerte que algo como
lo que había hecho involucraba, ni siquiera medía la temeridad que
había cometido.
Bueno, después de todo, apenas tenía ocho años y me molestaba
mucho el carácter irreversible que algunos le daban a las cosas de
la vida. Al advertir que ni se inmutaron, corrí desesperadamente,
con la garganta seca y con el sudor empapándome el cuerpo y
llegué hasta mi casa. Durante varios días bajé hasta el campamento,
aprovechando los descuidos de mi mamá. Nunca pude distinguir
quiénes eran ni qué querían, lo único que los diferenciaba eran las
distintas tonalidades del verde de sus camuflados: verde liso, con
manchitas o con cuadritos, ¡ah!, y sus accesorios, porque algunos
tenían brazaletes de colores y letras; algunos llevaban pasamontañas
o pañoletas y otros, simplemente, una gorra del mismo color que el
uniforme sobre su cabeza pelada.
Por esos días, empecé a notar una ansiedad creciente en mis padres;
cuando íbamos a cenar, mi papá sintonizaba las noticias de la radio
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