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Colectivo Literario
KAMINU LIMAY

Cucú, cucú, cantaba la rana,
Cucú, cucú, debajo del agua,
Cucú, cucú, pasó un caballero,
Cucú, cucú, con capa y sombrero,
Cucú…

M

ientras recogía agua en el balde aparecieron de pronto
unas botas negras sucias que salpicaron de un zarpazo
lodo en mi rostro; en cuanto me limpié, mis ojos
recorrieron hasta arriba la figura inmensa de un hombre que salía
de esas botas y que me miraba fijamente. Tenía un uniforme verde,
también sucio y manchado y, en eso, se acuclilló y empezó a lavarse
las manos. Yo, que permanecía arrodillada, observé cómo el agua
iba removiendo las manchas rojas de sus manos, las mismas que
tenía en la cara y en el traje. Pensé: tal vez debió de haber estado
pintando.
Entonces, me devolvió la mirada, trató de sonreír y se marchó
sin más. En seguida, corrí a la casa a contarle a mi mamá, que se
quedó estupefacta escuchándome y casi sin poder hablar, con la voz
entrecortada, ahogada más bien, me ordenó que nunca más volviera
a ese río. Yo no entendía, porque, entonces, ¿de dónde íbamos a
conseguir el líquido de la vida? Apenas volvió mi papá de cosechar
la chagra de maíz, mi mamá le contó todo, así que él también me
interrogó. Estaban muy consternados porque, después de tantos
años de pelea con cada uno de los alcaldes de turno de la localidad por
el establecimiento del acueducto y el alcantarillado, la comunidad
lo único que había conseguido era un sinnúmero de enfermedades,
infecciones y alergias producidas por la pésima calidad del agua; yo
misma estuve por morirme de una fiebre tifoidea hace cinco años.
A partir de ese día, nos tocó a mi mamá y a mí caminar hasta una
quebrada, que quedaba a una hora a pie en la vereda vecina, para
traer el agua. En muchas de esas caminatas, pude vislumbrar desde
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