03 Loob Depredador por excelencia.pdf


Vista previa del archivo PDF 03-loob-depredador-por-excelencia.pdf


Página 1 2 3 4 5

Vista previa de texto


Leyendas de los 9 Reinos: 1ª Leyenda – Libro 1
—Casi mejor que cojo un palo y lo voy poniendo delante mientras camino, va a ser
lo mejor.
—Me lo imaginaba. —Me dice y acto seguido se para en seco.
Nos quedamos unos segundos sin hacer ningún sonido. Es evidente que ha visto algo
y que no es conveniente que nos movamos. Pero ¿qué ha visto? Más vale que sea un
ancianito asustado, como nos topemos ahora con algún bicho carnívoro con hambre la
llevamos clara.
—Los habitantes de este pueblo nos contrataron para matar al wyvern que os ha
atacado, no somos vuestros enemigos. —Dice Colega en plan negociador, pero su mano
derecha ya está en la empuñadura de su Espada Lamia. Como el que haya delante haga
alguna tontería ya se puede despedir.
—¿H-habéis matado a ese monstruo? —Pregunta una voz temblorosa, debe ser
alguien mayor.
—Aun no, pero hemos encontrado a esta niña en la ciudad, queremos ponerla a salvo
antes de enfrentarnos a él. —Sigue hablando Colega con un tono que demuestra
autoridad, eso se le da muy bien.
—¿N-niña? —Dice el anciano mientras se asoma muy lentamente, temblando como
una hoja.
Es un hombre mayor, debe rondar los sesenta, con una túnica grisácea hecha polvo
que le viene un poco grande. Supongo que cuando esto empezó debía estar más gordo
de lo que se ve ahora, que tampoco es poco. Me adelanto con Laabita en mis brazos,
cubriéndola por si el viejo hace alguna estupidez por culpa de su miedo o por si hay
alguien detrás de él con malas pulgas. El anciano, (que ahora de cerca parece un
religioso, supongo que será el párroco o algo así de este templo) estira el brazo con una
antorcha para vernos mejor. Al ver a Laabita se le llenan los ojos de lágrimas y se
acerca a toda prisa a nosotros, aunque cuando la luz enfoca a Colega para en seco de un
susto. Pero mantiene la compostura.
—¿Laab? ¿Eres tú, cielo? —Le dice con dulzura. Ella asiente. —Alabados sean los
dioses, menos mal que has conseguido sobrevivir. Venid, por favor, no tenemos mucho
que ofreceros pero podéis tomar algo de agua y un poco de comida, no es gran cosa,
pero calmará el hambre. —Nos dice mientras nos señala el camino con la antorcha,
aunque si bien aún no ha dejado de temblar. Supongo que es normal, después de todo lo
que ha pasado en el pueblo con el dragón y los saqueadores se esperarán lo peor de
gente armada como nosotros.
Lo seguimos hasta lo que parece el final del túnel donde no huele especialmente
bien, huele sobre todo a heces y enfermedad, entramos en una habitación cavada en la
tierra bastante más grande de lo que esperaba, aquí cabría perfectamente una planta
entera con dos o tres pisos no muy pequeños. Aquí hay un poco de todo, muchos libros,
muebles, algunas estatuas religiosas, varias camas y algo más de una docena de
personas. No mucho mejor que Laab o el anciano que nos ha encontrado. La mayoría
sufren únicamente hambre, pero hay otros heridos, principalmente por quemaduras y
cortes no demasiado graves, quizás de cristales. Hay cuatro que parecen Hijos de los 12,
con sus típicas túnicas que arrastran en el suelo, pero como no parecen llevar ningún
adorno no sabría decir su grado de importancia en este templo, un par de Hijas de los
12, un par de ancianas, una mujer con los que parecen su hijo e hija poco mayores que
Laabita, un hombre de unos cuarenta al que le falta una pierna y un hombre de poco más
de veinte en la cama, que parece malherido.
—Solo pudimos refugiarnos los que estábamos ya dentro cuando atacó esa bestia, y
bueno, también Rosa y sus dos pequeños con ese joven hace un par de días. — Nos dice
el anciano cuando entramos.
Darío Ordóñez Barba

Page 3