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Leyendas de los 9 Reinos: 1ª Leyenda – Libro 1
Por “no está entera” me refiero a que no está completa, ya que solo le cubre los ojos
y la nariz, pero no es una máscara aunque lo parezca.
—No es una máscara, son unas gafas de cristal Ojos de Noche. —Me responde con
tranquilidad mientras me lo ofrece para que lo coja.
Me lo pongo delante de los ojos en dirección al oscuro túnel y Laabita levanta la
cabeza para mirar también, llena de curiosidad. A través de ese cristal todo adquiere un
tono considerablemente claro y veo con claridad el interior del túnel y el aro donde
debía ir la antorcha. No podría jurarlo que todo esté hecho de piedra y Colega va todo
de negro, pero me da la sensación de que se ve todo en blanco y negro. Es una vista
muy rara, pero útil.
—Joder, ahora sí que se ve todo con detalle ahí dentro, se ha aclarado todo, ¿así es
como ven los gatos? —Le digo de coña, aunque me lo pregunto de verdad. Laabita
también parece embelesada, supongo que nunca habría oído hablar siquiera de este tipo
de cristal.
Se lo devuelvo y se lo incrusta en la máscara, está hecho a medida para que se encaje
a presión en su máscara y que agarre en el borde de ésta, a la altura de las orejas y
encima de las cejas, como es del mismo tono que la máscara, no desentona.
—¿Dónde te pillas todas estas rarezas?
—El cristal lo compré en Rostaña y un artesano de confianza le doy forma. —Me
responde mientras empieza a caminar.
Me acerco a él y con el brazo que tengo libre le cojo el hombro para no perderme ni
chocar contra nada, no serviré de mucho si nos atacan, pero con él delante poco importa.
—Buff, un poco lejos, ¿no? Además del frío de narices que hay casi siempre tan al
norte, por no hablar de que está construido en mitad de una montaña, bueno, de la
montaña, la Cicatriz, una cordillera que llega más allá de donde llega la vista, en todos
los sentidos. En mitad de ésta, de altura digo, van y la construyen cavando en la roca.
Como defensa contra invasiones no le pongo ninguna queja, pero es bastante chungo
llegar hasta allí. ¿Qué demonios hacías allí?
—Trabajar, llegó un encargo para mí de allí. —Me responde mientras avanzamos.
—Un poco lejos de nuestra “jurisdicción”, ¿no? —Pregunto haciendo las comillas
con los dedos índice y corazón.
—El cliente quería discreción, y como de mí no se conoce ni el rostro ni el nombre,
consideró que era el indicado. —Me responde.
Sí, ni rostro ni nombre, nadie que conozca le ha visto jamás la cara, y a nadie le dice
el nombre, a todo el mundo le dice que puede llamarle como quiera, yo decidí llamarle
“Colega” porque le considero mi colega.
—Ya tienes que estar ganando fama para que los de allí te conozcan. —Le digo
mientras le doy unas palmadas en el hombro. —La próxima vez que vayas tienes que
conseguirme unas de esas gafas a mí.
—Claro, si me das el dinero de antemano, claro está. —Me dice esta vez gira la
cabeza para mirarme.
Me conozco el gesto, aunque no se le vea la cara. Me da miedo preguntar, pero lo
hago.
—¿Cuánto te costaron?
—828 svars de oro. Me responde mientras me mira. El muy cabrón quiere ver como
reacciono.
Intento aparentar indiferencia, pero se ve que con ningún éxito, ya que le oigo reírse
y Laabita se me ha quedado mirando fijamente. Pero es que joder, con ese dinero podría
comprarme varios caballos con pedigrí.
Darío Ordóñez Barba
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