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Dr. MÁXIMO PERCOVICH
Como corolario de toda esta historia de ausencias y presencias, Yugoslavia
puso proa a Montevideo desde la ciudad de Marsella en un vapor llamado Florida, mientras que Rumania, Francia y Bélgica hicieron lo propio en el SS Conté
Verde; a bordo de este último también embarcaron Rimet y tres árbitros: el francés Thomas Balay y los belgas Jean Langenus y Henri Christopher.
Al momento de dar inicio a la competencia, sólo trece de los dieciséis cupos
para equipos con que contaba el campeonato se encontraban cubiertos. Pero los
mundiales de fútbol, pese a todo y contra todo, consiguieron ponerse en marcha
y han mantenido su vigencia a lo largo de cerca de nueve décadas; solamente el
infierno de una monstruosa guerra resultó capaz de imponerles una única y fatídica pausa entre 1938 y 1950.
El mundial de Benito Mussolini.
Si proseguimos realizando un repaso de lo que significaron las actuaciones de
algunos de los distintos equipos que fueron locales a lo largo de los diecinueve
mundiales disputados hasta hoy, nos daremos cuenta de que lo sufrido por los
argentinos en Montevideo fue totalmente irrisorio si lo comparamos con lo padecido por España, Austria y Checoslovaquia en la edición subsiguiente.
A fines de octubre de 1922, Benito Mussolini y su Partido Nacional Fascista
marcharon sobre Roma y tomaron el poder en Italia con la complacencia del rey
Víctor Manuel III, instalando en consecuencia una dictadura fascista que se
extendería casi hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Italia -aliada de la
Alemania de Hitler y del Japón del emperador Hirohito- fue militarmente derrotada en este conflicto, su régimen depuesto y su líder finalmente ejecutado el 28
de abril de 1945. Ese mismo día el cadáver fue trasladado a Milán, donde junto a
otros correligionarios y colaboradores fue colgado con la cabeza para abajo en la
plaza de Loreto. Pero durante su extenso gobierno, Mussolini encauzó su política
hacia el objetivo de conseguir una nación habitada por hombres física y mentalmente superiores, según él predestinados a la reconstrucción de la antigua
grandeza del Imperio Romano.
A Mussolini nunca le había interesado el fútbol como para dedicarse en cuerpo y alma a luchar por el derecho a ser sede de un mundial, pero comprendió
acertadamente que el deporte era una actividad movilizadora de grandes masas a
las que los éxitos envalentonaban fácilmente, por lo que tuvo la seguridad plena
de lo beneficioso que le resultaría organizar y ganar el evento de 1934; el éxito
en los dos aspectos no haría otra cosa que difundir ante el mundo las pretendidas
bondades del fascismo. Así, cuando el presidente de la Federación Italiana de
Fútbol, Giorgio Vaccaro, afirmó que «La última meta del acontecimiento será la
de demostrar al universo lo que es el ideal fascista del deporte», el mundo entero no sólo tuvo clara conciencia del afán propagandístico perseguido sino
también del inevitable corolario deportivo: la obtención del título de campeón
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