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Dr. MÁXIMO PERCOVICH

entidad de alguna relación social o comercial para perjudicarla y obligarla a
ceder en lo que de ella se exige” y también “Impedir o entorpecer la realización
de un acto o de un proceso como medio de presión para conseguir algo”.
Se puede decir entonces que la intención uruguaya en 1930 se vio boicoteada
desde prácticamente el momento mismo de su oficialización, cuando los países
más poderosos de Europa -liderados por Italia- se negaron en forma casi masiva
a participar; por eso es más que acertado afirmar que, desde sus mismos orígenes, las banderas de la copa del mundo han sido agitadas por vientos de boicot.
Quienes competían con Uruguay por el honor de organizar el evento representados en un principio por Hungría, Países Bajos, España, Suecia e Italia,
siendo este último finalmente apoyado en su postulación por la mayoría de los
demás nombrados- quedaron relegados en razón de varios factores: las dos medallas de oro consecutivas logradas por los celestes en los Juegos Olímpicos a
partir de 1924, la intención de la FIFA -y de su presidente, el francés Jules Rimet- de abrir sus puertas a una bastante postergada América, la situación social y
política del viejo continente que se encontraba aún recuperándose de las heridas
de la Primera Guerra Mundial y, fundamentalmente, porque Uruguay se comprometía a construir un gran estadio y a asumir la totalidad de los gastos de todas
las delegaciones participantes aún en el caso de que los números finales arrojaran
un saldo negativo. Esta última parte de la promesa fue decisiva, ya que estableció
un sustancial contraste con la pretensión italiana de quedarse con el 30% de las
recaudaciones brutas.
De hecho, a pocas semanas de la fecha de comienzo del certamen ningún representante del viejo continente había confirmado aún su participación. Cuando
estos esgrimían los motivos, los mismos apuntaban a la larga travesía marítima
necesaria para llegar a Uruguay, a la interferencia que tendría dicho torneo con
los campeonatos locales y a las prolongadas licencias que deberían solicitar los
miembros de las delegaciones en sus respectivos trabajos, ya que el torneo y los
viajes insumían un período no inferior a los dos meses; todas estas eventualidades que hoy parecen irrisorias hay que analizarlas dentro de un contexto
futbolístico internacional que ni por asomo alcanzaba el grado de profesionalismo de la actualidad y mucho menos las astronómicas cifras ofrecidas como
recompensa. A propósito, digamos que la copa mundial de Brasil 2014 tendrá un
premio de treinta y cinco millones de dólares para el campeón, veinticinco para
el segundo, veintidós para el tercero y veinte para el cuarto; quienes no consigan
superar la fase de grupos embolsarán ocho, perder en la segunda fase reportará
nueve y clasificar entre el quinto y el octavo lugar generará una facturación de
trece millones.
Pero también es atendible que -conocedores del gran poderío que los dos
países rioplatenses habían ostentado recientemente en los Juegos Olímpicos de
Ámsterdam- los países de Europa no hayan escatimado excusas para evitar
exponerse a un casi seguro fracaso deportivo, aún a despecho de que en el congreso de FIFA la candidatura uruguaya hubiera sido aprobada por aclamación.

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