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LOS CAMPEONATOS MUNDIALES DE FÚTBOL: UNA FORMA DIFERENTE DE CONTAR LA HISTORIA
deo, hecho que debería ser garantizado mediante la retención del 70% del pago
correspondiente.
Los dirigentes de la Asociación Uruguaya de Fútbol acusaron recibo de la resolución, y en función de la misma expresaron que tal entidad “Rechaza
enérgica y serenamente los motivos que se invocan para sustentarla”, considerándolos un “Falseamiento inescrupuloso de la verdad, solo explicables en el
afán subalterno de desorientar, quien sabe con qué fines, el juicio de la opinión
argentina”. Más adelante se hace saber la “Tranquilidad moral de la conducta
observada por el pueblo uruguayo, por sus jugadores y por su propia Asociación” y se reiteran los “Sentimientos de inalterable afecto al gran pueblo
argentino, contra el cual no tiene ningún agravio”.
¿Cómo podemos explicar que en ese mundial de 1930 se haya dado ese desprecio popular hacia los argentinos, que hoy incluso podemos decir que en
muchos casos aún subsiste? Creo que a la respuesta hay que buscarla en los libros de historia, reparando en la vieja rivalidad de puertos, las distintas
posiciones en relación al proceso revolucionario rioplatense de 1810 y los celos
y el rechazo a la figura y el liderazgo de José Gervasio Artigas, alguien considerado acertadamente por los bonaerenses como un ferviente opositor a las
aspiraciones centralistas y monopólicas de su ciudad. Esas razones y muchas
otras, pero para comprenderlas cabalmente lo mejor es recurrir a los trabajos
realizados por especialistas en la materia.
Nosotros sí debemos prestar atención a un antecedente que bien puede tomarse como válido a los efectos de entender lo ocurrido no sólo en el mundial de
Montevideo, sino también en Ámsterdam y en unas cuantas otras citas que quizá
no sean plenamente recordadas por no haber resultado tan trascendentes. El hecho que vamos a narrar, bien puede considerarse como parte esencial de la
cadena de eslabones que han fomentado una rivalidad que, como veremos, en
ocasiones ha trascendido largamente los límites del campo de juego.
El seleccionado uruguayo poseía el título de campeón sudamericano conseguido en Montevideo en 1923 -y también el flamante oro de Colombes- cuando
en 1924 se disputó un nuevo torneo continental. Jugando otra vez en la capital
uruguaya y en el Parque Central frente a 2200 personas, los celestes retuvieron
su corona el 2 de noviembre, tras empatar a cero con Argentina. Por aquellos
tiempos estas competencias se reeditaban anualmente, y como Paraguay carecía
de un estadio en condiciones adecuadas, Montevideo asumió una vez más la
responsabilidad de ser sede.
La actuación del arquero argentino Américo Tesorieri resultó tan sobresaliente que luego del encuentro terminó alzado en andas por sus rivales, a manera de
caballeresco reconocimiento por considerarlo el exclusivo responsable del resultado. Pero aquella jornada, en la que irónicamente se conmemoraba el día de los
difuntos, fue precisamente cuando los rioplatenses sufrieron por primera vez una
muerte vinculada con las hinchadas.
A propósito, la mayoría de las versiones parecen coincidir en que los hechos
se desencadenaron sobre la hora 21:30, en la esquina de las calles Bartolomé
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