El mito del condon.pdf

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preservativo o el de la píldora del día siguiente. Las cifras muestran sin embargo que sería más sensato
apoyar la abstinencia de la mayoría, y demostrar a la minoría los beneficios físicos, emocionales y
psicológicos de la continencia hasta el matrimonio". El estudio menciona algunos programas de
continencia sexual que se están aplicando en Estados Unidos y que están teniendo buenos resultados. En
algunos lugares se han llegado a reducir los casos de embarazos de adolescentes en un 10% en pocos
años.
6.7.3. Abortando a gogó
Reproducimos una colaboración del escritor Juan Manuel de Prada aparecida en el diario ABC (136), y
que refleja la desgracia y cinismo de una sociedad que se acostumbra a la eliminación impune de los más
débiles.
El número de abortos en España durante el año 2002 alcanzó los 77.125; por supuesto, en tan
estremecedora cantidad no se incluyen los miles de abortos clandestinos que se perpetran en condiciones
de pavorosa insalubridad, tampoco los que se consuman mediante prácticas no quirúrgicas, más
asépticas pero igualmente criminales (ingestión de pildoritas embrionicidas, etc.). La cifra escueta, que
casi se ha duplicado en un plazo de apenas diez años, ha sido facilitada por el Ministerio de Sanidad, sin
glosas que ayuden a entender la magnitud del horror. Juan Fernández-Cuesta, en la información que ayer
publicaba ABC, tampoco se decidía a explicar la frialdad de los datos, aunque en algún pasaje de su
artículo vinculaba el aumento de los abortos con el fenómeno de la inmigración, resaltando que son las
regiones receptoras de mano de obra extranjera las que más decididamente se emplean en este
holocausto silencioso. Pero, como el propio Fernández-Cuesta concluía, resulta un tanto inverosímil
(amén de cínico) atribuir a los inmigrantes el aumento de nuestra raquítica tasa de natalidad, a la vez que
les endosamos la responsabilidad de esta mortandad vergonzante. Quizá dicha asociación resultara
plausible si los inmigrantes hubieran duplicado la población española en los últimos años, como se ha
duplicado la cifra de abortos; pero la desproporción entre ambas variables nos obliga a buscar otras
razones más profundas.
No nos engañemos. Si en España se aborta cada vez con mayor desparpajo y alegría es porque se está
imponiendo una aceptación casi unánime -subrepticia si se quiere, pero de una amoralidad rampante- de
lo que, si mis estudios jurídicos no me engañan, sigue siendo un crimen tipificado y sancionado por
nuestro Código Penal. Esta anuencia sorda, esta complicidad tácita con el delito, delata la propagación de
una enfermedad social de muy difícil remedio, sobre todo si consideramos que son las mujeres más
jóvenes las que más resueltamente abortan. Aquí nos topamos con una paradoja que debiera preocupar a
nuestras autoridades educativas, pues estas mujeres jóvenes son las destinatarias de esas campañas del
póntelo-pónselo y demás variantes del sexo profiláctico con las que se pretendía disminuir el número de
embarazos indeseados. A la postre, se ha demostrado que dichas campañas sólo han servido para que la
calamidad que se aspiraba a combatir se haya extendido con mayor brío y más sombríos efectos. Pues
dichas campañas, lejos de encauzar el instinto sexual de nuestros jóvenes hacia territorios de asumida
responsabilidad, lo acicatean insensatamente, al reducirlo a un puro ejercicio lúdico, trivial, casi autista,
despojado de hondas implicaciones, en el que no tiene cabida el conflicto de conciencia. Si aceptamos
que follar es una práctica hedonista, liberada de trabas afectivas o implicaciones éticas, sólo sometida al
empleo de determinados adminículos que la autoridad suministra risueñamente, no debe sorprendernos
que, cuando los adminículos faltan o fallan, los damnificados se nieguen también risueñamente a asumir
las consecuencias de su desliz; a fin de cuentas, no hacen sino prolongar la aplicación de las enseñanzas
que recibieron. Así, abortar -como follar- se convierte en una práctica banal, rutinaria, extirpada de
imperativos morales.
Por supuesto, emitir una verdad tan empírica e incontrovertible nos convierte en apestados (quien lo
probó lo sabe), pues la perversión social imperante exige que transijamos con el aborto, como si de un
remedio benéfico se tratase, o siquiera como un mal menor que evita desgracias más desgarradoras.
Pero uno sabe que la verdad, tan molesta e intransigente, le hace libre; también lo condena a la soledad y
el ostracismo, pero uno siempre ha cultivado cierta vocación eremítica.
6.7.4. Otras consecuencias
Dentro de otras consecuencias contraproducentes, vamos a aportar unas consecuencias
negativas más, que aparecen cuando la doctrina anticonceptiva ha tomado cuerpo en las personas. Se
añade un estudio a tal efecto.
Javier Marcó Bach, profesor de la Universidad de Santiago de Compostela, profesor que imparte de la
asignatura «Fisiología Animal», de tercero de Biología, ha escrito un trabajo para el curso 2003-2004,
donde relata los efectos secundarios por el uso de anticonceptivos, entre los que mencionan frigidez y
depresión; dificultades en la relación de pareja; falta de respeto a la vida, e incluso disminución de la
libertad y aumento del número de divorcios.
