1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf


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La gracia de la renovación en las comunidades no puede crecer si no expande cada
una los campos de la caridad hasta los confines de la tierra, y no tiene, de los que están lejos,
una preocupación semejante a la que siente por sus propios miembros.
De esta forma, toda la comunidad ruega, coopera y actúa entre las gentes por medio
de sus hijos, que Dios elige para esta empresa altísima.
Será muy útil, a condición de no olvidar la obra misional universal, mantener
comunicación con los misioneros salidos de la misma comunidad, o con alguna parroquia o
diócesis de las misiones para que se haga visible la unión entre las comunidades y redunde en
edificación mutua.
Deber misionero de los Obispos
38.
38. Todos los Obispos, como miembros del cuerpo episcopal, sucesor del Colegio de
los Apóstoles, están consagrados no sólo para una diócesis, sino para la salvación de todo el
mundo. A ellos afecta primaria e inmediatamente, con Pedro y bajo la autoridad de Pedro, el
mandato de Cristo de predicar el Evangelio a toda criatura. De ahí procede aquella
comunicación y cooperación de las Iglesias, tan necesaria hoy para proseguir la obra de
evangelización. En virtud de esta comunión, cada una de las Iglesias, siente la solicitud de
todas las obras, se manifiestan mutuamente sus propias necesidades, se comunican entre si
sus bienes, puesto que la dilatación del cuerpo de Cristo es deber de todo el Colegio
episcopal.
Suscitando, promoviendo y dirigiendo el Obispo la obra misional en su diócesis, con
la que forma una sola cosa, hace presente y como visible el espíritu y el celo misional del
Pueblo de Dios, de suerte que toda la diócesis se hace misionera.
El Obispo deberá suscitar en su pueblo, sobre todo entre los enfermos y oprimidos por
las calamidades, almas que ofrezcan a dios oraciones y penitencias con generosidad de
corazón por la evangelización del mundo; fomentar gustosos las vocaciones de los jóvenes y
de los clérigos a los Institutos misioneros, complaciéndose de que Dios elija algunos para que
se consagren a la actividad misional de la Iglesia; exhortar y aconsejar a las congregaciones
diocesanas para que asuman su parte en las misiones; promover entre sus fieles las obras de
Institutos misioneros, de manera especial las obras pontificias misionales. Estas obras deben
ocupar el primer lugar, ya que son los medios de infundir en los católicos, desde la infancia,
el sentido verdaderamente universal y misionero, y de recoger eficazmente los subsidios para
bien de todas las misiones, según las necesidades de cada una.
Pero creciendo cada vez más la necesidad de operarios en la viña del Señor y
deseando los sacerdotes diocesanos, participar cada vez más en la evangelización del mundo,
el Sagrado Concilio desea que los Obispos, considerando la gravísima penuria de sacerdotes
que impide la evangelización de muchas regiones, envíen algunos de sus mejores sacerdotes
que se ofrezcan a la obra misional, debidamente preparados, a las diócesis que carecen de
clero, donde desarrollen, al menos temporalmente, el ministerio misional con espíritu de
servicio.
Y para que la actividad misional de los Obispos en bien de toda la Iglesia pueda
ejercerse con más eficacia, conviene que las Conferencias Episcopales dirijan los asuntos