1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf

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temporales, según las palabras del Apóstol: "Todo cuanto hacéis de palabra o de obra,
hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por El" (Col., 3,17).
Pero una vida así exige un ejercicio continuo de fe, esperanza y caridad.
Solamente con la luz de la fe y la meditación de su palabra divina puede uno conocer
siempre y en todo lugar a Dios, "en quien vivimos, nos movemos y existimos" (Act., 17,28),
buscar su voluntad en todos los acontecimientos, contemplar a Cristo en todos los hombres,
sean deudos o extraños, y juzgar rectamente sobre el sentido y el valor de las cosas materiales
en sí mismas y en consideración al fin del hombre.
Los que poseen esta fe viven en la esperanza de la revelación de los hijos de Dios,
acordándose de la cruz y de la resurrección del Señor.
Escondidos con Cristo en Dios, durante la peregrinación de esta vida, y libres de la
servidumbre de las riquezas, mientras se dirigen a los bienes imperecederos, se entregan
gustosamente y por entero a la expansión del reino de Dios y a informar y perfeccionar el
orden de las cosas temporales con el espíritu cristiano. En medio de las adversidades de este
vida hallan la fortaleza de la esperanza, pensando que "los padecimientos del tiempo presente
no son nada en comparación con la gloria que ha de manifestarse en nosotros" (Rom., 8,18).
Impulsados por la caridad que procede de Dios hacen el bien a todos, pero
especialmente a los hermanos en la fe (Cf. Gál., 6,10), despojándose "de toda maldad y de
todo engaño, de hipocresías, envidias y maledicencias" (1 Pe., 2,1), atrayendo de esta forma
los hombres a Cristo. Mas la caridad de Dios que "se ha derramado en nuestros corazones por
virtud del Espíritu Santo, que nos ha sido dado" (Rom., 5,5) hace a los seglares capaces de
expresar realmente en su vida el espíritu de las Bienaventuranzas. Siguiendo a Cristo pobre,
ni se abaten por la escasez ni se ensoberbece por la abundancia de los bienes temporales;
imitando a Cristo humilde, no ambicionan la gloria vana (Cf. Gál., 5,26) sino que procuran
agradar a Dios antes que a los hombres, preparados siempre a dejarlo todo por cristo (Cf. Lc.,
14,26), a padecer persecución por la justicia (Cf. M., 5,10), recordando las palabras del
Señor: "Si alguien quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame"
(Mt., 16,24). Cultivando entre sí la amistad cristiana, se ayudan mutuamente en cualquier
necesidad.
La espiritualidad de los laicos debe tomar su nota característica del estado de
matrimonio y de familia, de soltería o de viudez, de la condición de enfermedad, de la
actividad profesional y social. No descuiden, pues, el cultivo asiduo de las cualidades y dotes
convenientes para ello que se les ha dado y el uso de los propios dones recibidos del Espíritu
Santo.
Además, los laicos que, siguiendo su vocación, se han inscrito en alguna de las
asociaciones o institutos aprobados por la Iglesia, han de esforzarse al mismo tiempo en
asimilar fielmente la característica peculiar de la vida espiritual que les es propia. Aprecien
también como es debido la pericia profesional, el sentimiento familiar y cívico y esas
virtudes que exigen las costumbres sociales, como la honradez, el espíritu de justicia, la
sinceridad, la delicadeza, la fortaleza de alma, sin las que no puede darse verdadera vida
cristiana.
El modelo perfecto de esa vida espiritual y apostólica es la Santísima Virgen María,
Reina de los Apóstoles, la cual, mientras llevaba en este mundo una vida igual que la de los
demás, llena de preocupaciones familiares y de trabajos, estaba constantemente unida con su
Hijo, cooperó de un modo singularísimo a la obra del Salvador; más ahora, asunta el cielo,
