1965 12 07, Concilium Vaticanum II, Constitutiones Decretaque Omnia, ES (1).pdf


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moderna y favoreciendo la debida libertad religiosa, ayudan a las familias para que pueda
darse a sus hijos en todas las escuelas una educación conforme a los principios morales y
religiosos de las familias.
Las escuelas católicas
8.
8. La presencia de la Iglesia en la tarea de la enseñanza se manifiesta, sobre todo, por
la escuela católica. Ella busca, no es menor grado que las demás escuelas, los fines culturales
y la formación humana de la juventud. Su nota distintiva es crear un ambiente comunitario
escolástico, animado por el espíritu evangélico de libertad y de caridad, ayudar a los
adolescentes para que en el desarrollo de la propia persona crezcan a un tiempo según la
nueva criatura que han sido hechos por el bautismo, y ordenar últimamente toda la cultura
humana según el mensaje de salvación, de suerte que quede iluminado por la fe el
conocimiento que los alumnos van adquiriendo del mundo, de la vida y del hombre. Así,
pues, la escuela católica, a la par que se abre como conviene a las condiciones del progreso
actual, educa a sus alumnos para conseguir eficazmente el bien de la ciudad terrestre y los
prepara para servir a la difusión del Reino de DIos, a fin de que con el ejercicio de una vida
ejemplar y apostólica sean como el fermento salvador de la comunidad humana.
Siendo, pues, la escuela católica tal útil para cumplir la misión del pueblo de Dios y
para promover el diálogo entre la Iglesia y la sociedad humana en beneficio de ambas,
conserva su importancia trascendental también en los momentos actuales. Por lo cual, este
Sagrado Concilio proclama de nuevo el derecho de la Iglesia a establecer y dirigir libremente
escuelas de cualquier orden y grado, declarado ya en muchísimos documentos del Magisterio,
recordando al propio tiempo que el ejercicio de este derecho contribuye grandemente a la
libertad de conciencia, a la protección de los derechos de los padres y al progreso de la
misma cultura.
Recuerden los maestros que de ellos depende, sobre todo, el que la escuela católica
pueda llevar a efecto sus propósitos y sus principios. Esfuércense con exquisita diligencia en
conseguir la ciencia profana y religiosa avalada por los títulos convenientes y procuren
prepararse debidamente en el arte de educar conforme a los descubrimientos del tiempo que
va evolucionando. Unidos entre sí y con los alumnos por la caridad, y llenos del espíritu
apostólico, den testimonio, tanto con su vida como con su doctrina, del único Maestro Cristo.
Colaboren, sobre todo, con los padres; juntamente con ellos tengan en cuenta durante
el ciclo educativo la diferencia de sexos y del fin propia fijado por Dios y cada sexo en la
familia y en la sociedad; procuren estimular la actividad personal de los alumnos, y
terminados los estudios, sigan atendiéndolos con sus consejos, con su amistad e incluso con
la institución de asociaciones especiales, llenas de espíritu eclesial. El Sagrado Concilio
declara que la función de estos maestros es verdadero apostolado, muy conveniente y
necesario también en nuestros tiempos, constituyendo a la vez un verdadero servicio prestado
a la sociedad. Recuerda a los padres cristianos la obligación de confiar sus hijos, según las
circunstancias de tiempo y lugar, a las escuelas católicas, de sostenerlas con todas sus fuerzas
y de colaborar con ellas por el bien de sus propios hijos.