01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf


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Le pregunté de nuevo qué requeriría de mí este nuevo papel; dijo que sólo se trataba de
aprender, en el sentido de lo que yo había experimentado en las sesiones con él.
La manera en que la situación había evolucionado era bastante extraña. Yo había decidido
decirle que iba a abandonar la idea de aprender sobre el peyote, pero antes de que pudiera
lograrlo realmente él me ofreció enseñarme sus "secretos". Ignoraba qué quería decir con eso,
pero sentía que esta vuelta súbita era muy seria. Argumenté que no llenaba los requisitos para
una tarea así, pues ésta requería una rara ciase de valor que yo no poseía. Le dije que la
inclinación de mi carácter era hablar de actos que otros realizaban. Yo quería oír sus pareceres y
opiniones acerca de todo. Le dije que sería feliz de poder estar allí sentado, escuchándolo
durante días enteros. Para mí, eso seria aprender.
Escuchó sin interrumpirme. Hablé mucho tiempo. Luego dijo:
-Todo eso es muy fácil de entender. El miedo es el primer enemigo natural que un hombre
debe derrotar en el camino del saber. Además, tú eres curioso. Eso compensa. Y aprenderás a
pesar tuyo; ésa es la regla.
Protesté un rato más, tratando de disuadirlo. Pero él parecía convencido de que no me quedaba
otra alternativa sino aprender.
-No estás pensando bien -dijo-. Mescalito de veras jugó contigo. Eso es lo único que hay que
tener en cuenta. ¿Por qué no te ocupas de eso y no de tu miedo?
-¿Fue tan poco común?
-Eres la primera persona que he visto jugar con él. No estás acostumbrado a esta clase de vida;
por eso las seña les se te escapan. Así y todo eres una persona seria, pero tu seriedad está ligada
a lo que tú haces, no a lo que pasa fuera de ti. Te ocupas demasiado de ti mismo. Ese es el
problema. Y eso produce una tremenda fatiga.
-¿Pero qué otra cosa puede uno hacer, don Juan?
-Busca y ve las maravillas que te rodean. Te cansarás de mirarte a ti mismo, y el cansancio te
hará sordo y ciego a todo lo demás.
-Dice usted bien, don Juan, pero ¿cómo puedo cambiar? -Piensa en la maravilla de que
Mescalito jugara contigo. No pienses en otra cosa; ,lo demás te llegará por su propia cuenta.
Domingo, 20 de agosto, 1961
La noche pasada, don Juan procedió a introducirme en el terreno de su saber. Estábamos
sentados frente a su casa, en la oscuridad. De improviso, tras un largo silencio, empezó a hablar.
Dijo que iba a aconsejarme con las mismas palabras usadas por su propio benefactor el día en
que lo tomó como aprendiz. Al parecer, don Juan había memorizado las palabras, pues las
repitió varias veces para asegurarse de que no se me fuera ninguna,
-Un hombre va al saber como a la guerra: bien despierto, con miedo, con respeto y con
absoluta confianza. Ir en cualquier otra forma al saber o a la guerra es un error, y quien lo
cometa vivirá para lamentar sus pasos.
Le pregunté por qué era así, y dijo que, cuando un hombre ha cumplido estos cuatro
requisitos, no hay errores por los que deba rendir cuentas; en tales condiciones sus actos pierden
la torpeza de las acciones de un tonto. Si tal hombre fracasa, o sufre una derrota, sólo habrá perdido una batalla, y eso no provocará deploraciones lastimosas.
Declaró luego su intención de enseñarme lo que es un "aliado" en la misma forma exacta
como su benefactor se lo había enseñado a él. Recalcó con fuerza las palabras "misma forma
exacta.", repitiendo la frase varias veces.
Un "aliado", dijo, es un poder que un hombre puede traer a su vida para que lo ayude, lo
aconseje y le dé la fuerza necesaria para ejecutar acciones, grandes o pequeñas, justas o injustas.
Este aliado es necesario para engrandecer la vida de un hombre, guiar sus actos y fomentar su
conocimiento. De hecho, un aliado es la ayuda indispensable para saber. Don Juan decía esto
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