01 las enseñanzas de don juan carlos castaneda.pdf

Vista previa de texto
-Esto se masca -dijo don Juan en un susurro.
Sólo cuando habló me di cuenta de que se había sentado junto a mí. Miré a los otros hombres,
pero ninguno me miraba; estaban hablando entre sí en voz muy baja. Fue un momento de
indecisión y temor agudos. Me sentí casi incapaz de dominarme,
-Tengo que ir al retrete -le dije-. Voy afuera a dar una vuelta.
Don Juan me entregó el frasco de café y yo puse dentro los botones de peyote. Iba a salir de la
habitación cuando el hombre que me había dado el frasco se levantó, se me acercó y dijo que
tenía un excusado en el otro cua rto.
El excusado estaba casi contra la puerta. Junto a ésta, casi tocándolo, había una cama grande
que llenaba más de la mitad del aposento. La mujer estaba durmiendo allí. Permanecí un rato
inmóvil junto a la puerta; luego regresé a la habitación donde es taban los otros hombres.
El dueño de la casa me habló en inglés:
-Don Juan dice que usted es de Sudamérica. ¿Hay mescal allí?
Le dije que nunca había oído siquiera hablar de él.
Parecían interesados en Sudamérica y hablamos de los indios durante un rato. Luego, uno de
los hombres me preguntó por qué quería comer peyote. Le dije que quería saber cómo era.
Todos rieron con timidez.
Don Juan me urgió suavemente:
-Masca, masca.
Mis manos se hallaban húmedas y mi estómago se contraía. El frasco con los botones de
peyote estaba en el piso junto a la silla. Me agaché, tomé al azar un botón y lo puse en mi boca.
Tenía un sabor rancio. Lo partí en dos con los dientes y empecé a mascar uno de los trozo. Sentí
un amargor fuerte, acerbo; en un momento toda mi boca quedó adormecida. El amargor crecía
conforme yo mascaba, provocando un increíble fluir de saliva. Sentía las encías y el interior de
la boca como si hubiera comido carne o pescado salados y secos, que parecen forzar a masticar
más. Tras un rato masqué el otro pedazo; mi boca estaba tan entumecida que ya no pude sentir
el amargor. El botón de peyote era un haz de hebras, como la parte fibrosa de una naranja o
como caña de azúcar, y yo no sabía si tragarlo o escupirlo. En ese momento, el dueño de la casa
se puso en pie e invitó a todos a salir al zaguán.
Salimos y nos sentamos en la oscuridad. Afuera se estaba bastante cómodo, y el anfitrión sacó
una botella de tequila.
Los hombres se hallaban sentados en fila con la espalda contra la pared. Yo ocupaba el
extremo derecho de la línea. Don Juan, instalado junto a mí, puso entre mis piernas el frasco
con los botones de peyote. Luego me pasó la botella, que circulaba a lo largo de la línea, y me
dijo que tomara algo de tequila para quitarme el sabor amargo.
Escupí la s hebras del primer botón y tomé un sorbo. Me dijo que no lo tragara, que sólo me
enjuagara la boca para detener la saliva. No sirvió de gran cosa para la saliva, pero sí ayudó a
disipar un poco el sabor amargo.
Don Juan me dio un trozo de albaricoque seco, o quizá era un higo seco -no podía verlo en la
oscuridad, ni percibir el sabor- y me dijo que lo mascara detenida y lentamente, sin prisas. Tuve
dificultad para tragarlo; parecía que no quisiera bajar.
Tras una pausa corta la botella dio otra vuelta. Don Juan me entregó un pedazo de carne seca,
quebradiza. Le dije que no tenía ganas de comer.
-Esto no es comer -dijo con firmeza.
El ciclo se repitió seis veces. Recuerdo que había mascado seis botones de peyote cuando la
conversación se puso muy animada; aunque yo no lograba distinguir qué idioma se estaba
hablando, el tema de la conversación, en la que todo mundo participaba, era muy interesante, y
procuré escuchar con cuidado para poder intervenir. Pero al hacer el intento de hablar me di
cuenta de que no podía; las palabras se desplazaban sin objeto en mi mente.
16
