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—Evidentemente lo hacía.
—Ahora dígame: ¿esta forma establecida llegaba a usted, cada vez, a través de un proceso
interno, o bien una vez nacida la repetía usted mecánicamente, sin la intervención de ninguna
clase de emociones?
—Me parecía vivirla cada vez —declaró Paul.
—No; esa no fue la impresión que tuvimos los espectadores
—refutó Tortsov—. Lo que usted ha hecho es lo que hacen los actores de la escuela que
discutimos: primero sienten la parte, pero una vez que lo han hecho no vuelven a sentirla más;
meramente recuerdan y repiten movimientos externos, entonaciones, expresiones ya elaboradas
desde el principio, y esa repetición carece de emotividad. A menudo su técnica es muy hábil, y
son capaces de hacer toda su parte con técnica solamente y sin desgastar sus nervios. De
hecho, generalmente piensan que es poco conveniente sentir, una vez que tienen decidido cuál
es el patrón que seguirán. Piensan que así están más seguros de dar una buena actuación, con
sólo recordar cómo fue ésta la primera vez que la lograron. Y esto puede aplicarse, en cierto
grado, a los momentos que se hicieron notar en su Yago. Trate de recordar lo que sucedió a
medida que usted trabajaba.
Paul reconoció no haber estado satisfecho con su trabajo en otras partes del papel; o con la
apariencia de Yago en su espejo. Y finalmente, que trató de reproducir la apariencia de alguien a
quien él conocía, cuyo aspecto podía tomarse por un buen ejemplo de maldad y disimulo.
—¿Y usted creyó poder adaptar el aspecto de esa persona a sus propios fines? —inquirió
Tortsov.
—Sí —asintió Paul.
—Bien, ¿entonces qué hacia usted con sus propias cualidades?
—A decir verdad, simplemente quise tomar el aspecto exterior de mi conocido —confesó Paul
con franqueza.
—Ese fue un gran error —replicó Tortsov—. En este punto usted llegaba a hacer una pura
imitación, que nada tiene que ver con la creación.
—¿Qué debí hacer entonces? —preguntó Paul.
—Debió, primero, asimilar el modelo. Eso es complicado. Hay que estudiarlo desde diversos
puntos de vista: la época, el tiempo, el país, condiciones de vida, antecedentes, literatura,
psicología, el alma misma, manera de vivir, posición social, y apariencia externa; más aún:
carácter tanto como modales, manera de vestir, modo de moverse, de hablar, la voz y sus
entonaciones. Todo este trabajo, como material, le ayudará, compenetrándolo con sus propios
sentimientos. Sin todo esto, no habrá arte en su labor.
“Cuando, de este material emerge una viva imagen del personaje, el artista de la escuela de
representación transfiere aquélla a sí mismo. Esta labor queda concretamente descrita por uno
de los más notables representantes de esta escuela, el famoso actor francés Coquelin el viejo:
“El actor crea su modelo en la imaginación, y luego, como hace el pintor, toma cada rasgo de
ése y lo reproduce en si mismo, como aquél en la tela... Toma el traje de Tartufo y se lo pone,
nota su porte, su manera de andar, y los imita; su fisonomía la adapta a la propia, adapta a ella
su propio rostro. Habla con la misma voz con la que ha oído hablar a Tartufo; y hace, debe hacer
que esta persona a la que se adapta, se mueva, camine, gesticule, escuche y piense como
Tartufo. En otras palabras, transforma su alma en la de aquél. Listo el retrato, sólo necesita