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ahogaron durante la batalla naval entre los barcos romanos y los galeones piratas. Fue
entonces cuando una denuncia por estafa a la compañía Goldwyn, obligó a Louis B.
Mayer e Irving Thalberg a regresar a California y terminar Ben-Hur con la ayuda del
equipo de efectos especiales de la Metro-Goldwyn-Mayer.
La trágica batalla naval, se completó con la ayuda de modelos a escala realizados en un
estanque de estudio, en tanto que el sistema de travelling de Frank Williams alcanzaba
uno de sus mejores momentos en la secuencia en que se muestra la destrucción del
senado. En realidad el sistema de Williams se basaba en la unión de decorados
pintados a mano, que eran extremadamente útiles en aquellas tomas en que trozos de
mampostería caían entre los actores y la cámara.
Aún eran más impresionantes los planos de las miniaturas. Modelos diseñados por
Cedric Gibbons y Arnold Gillespie, representaban los niveles superiores del circo,
donde se celebraban las carreras de cuadrigas. La pista principal de este circo fue
primero construida en los alrededores de Roma, pero cuando la unidad completa se
envió de regreso a California, hubo que esperar cuatro meses hasta que se construyó
una nueva pista en la esquina entre La Ciénaga y el Boulevard Venecia, en las
instalaciones de la Metro-Goldwyn-Mayer. Este escenario era gigantesco, medía casi
un kilómetro de largo, aunque estaba construido solo hasta el nivel de la primera fila de
asientos. En los planos generales, las filas superiores del estadio eran representadas por
un modelo a escala, que era suspendido frente a la cámara, a la vez que se filmaba a
través de un cristal. Gracias a ello se filmaban simultáneamente el modelo y las gradas
llenas de público.
Los planos a través del cristal no resultaron como se esperaba porque Gibbons y
Gillespie solo habían diseñado la miniatura para que fuera rodada con el escenario
cuando la cámara panoramizase, sin necesidad de detalles de movimiento. Para
remediarlo, llenaron el estadio con diez mil espectadores de cartón, que unidos mediante
un sistema de varillas, se levantaban y saludaban al unísono de los extras de carne y
hueso.
Ben-Hur costó cuatro millones de dólares, fue un gran éxito popular, a pesar de las
pérdidas económicas, salvó del desastre el prestigio de sus artífices. Esta película fue
también la prueba palpable de que los efectos especiales resolvían de raíz problemas
técnicos y financieros. Esta sería una de las causas principales de la vuelta a la filmación
en estudio, donde el número de efectos especiales se multiplicaba, y prueba de ello fue
el apresuramiento de todas las compañías norteamericanas, para crear, a finales de los
años 20, departamentos de efectos ópticos especiales, de los cuales Cedric Gibbons y
Arnold Gillespie habían sido los precursores.