PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf

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33.- NO ACHAQUES A LOS DEMÁS TUS PROPIOS ERRORES
El hombre empezó a sospechar que su esposa Anita se estaba quedando
sorda y, un día, decidió comprobarlo. Entró en silencio en la sala, sin que ella lo
viera y se escondió. Ella estaba plácidamente sentada en el mueble pegando
unos botones a una camisa.
-¡Anita! –dijo-, ¿puedes oirme?
No hubo respuesta. Entonces, avanzó hasta quedarse a escasos metros de
ella.
-¡Anita! –repitió-, ¿puedes oirme?
Tampoco ahora hubo respuesta. El hombre se acercó todavía más a ella y
volvió a preguntar una vez más:
-Y ahora, ¿puedes oirme?
-Sí, querido –respondió Anita amablemente-, no entiendo por qué me lo
preguntas tantas veces, si te he dicho ya tres veces que sí.
Con frecuencia, proyectamos en los demás nuestros propios errores y les
achacamos nuestros fallos y defectos. Los prejuicios y miedos no nos dejan ver a
las personas como son en realidad, sino que las vemos como somos nosotros.
Como posiblemente somos mezquinos y pequeños pensamos que todos los
demás también lo son y esperamos que actúen como actuaríamos nosotros. “Cree
el ladrón que todos son de su condición”, dice el viejo refrán y con frecuencia
excusamos nuestro actuar en la supuesta actuación de los demás. Decimos que
no somos puntuales, responsables, honestos..., porque los demás no lo son, y
estamos proyectando en los otros y tratando de excusar nuestra propia
irresponsabilidad. Si quieres conocer a tus alumnos, ponte en sus zapatos,
esfuérzate por mirar su mundo, sus problemas, su actuación, con sus ojos, no con
los tuyos que están cargados de malicia:
***
Es muy conocida la historia japonesa de aquellos dos monjes, Tanzan y
Ekido, a quienes, cuando regresaban a su monasterio, les agarró una lluvia
torrencial. Al cabo de un rato, vieron que una mujer joven, vestida con un precioso
kimono de seda, vacilaba en cruzar un pequeño torrente que bajaba de la
montaña y había inundado por completo el camino. Tanzán acudió en su ayuda,
la cargó en sus brazos, atravesó la corriente y la dejó sana y salva al otro lado del
camino . Ekido permaneció en silencio, visiblemente molesto, durante todo el resto
del camino. Por fin, cuando ya llegaban a la puerta del monasterio, Ekido soltó con
ira toda su queja:
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