PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf

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éxito. Vivimos en un mundo de charlatanes, atrapados en el sonido de sus
palabras huecas. Por ello, es urgente devolverle a la palabra su valor. Educar
para que la palabra sea expresión de vida, compromiso.
Evita toda palabra que hiera, combate con tenacidad la cultura del grito, la
ofensa y el chisme. Es muy difícil sanar un alma herida por el maltrato o reparar
el buen nombre y la fama pisoteadas por mentiras y chismes:
Había una vez un joven que tenía muy mal carácter y se la pasaba siempre
bravo. Un día, su padre le regaló una bolsa de clavos y le dijo que, cada vez que
perdiera la paciencia, clavara uno de ellos detrás de la puerta.
El primer día, el muchacho clavó 37 clavos y un número parecido los días
siguientes. Poco a poco, a medida que pasaban las semanas, el joven fue
aprendiendo a controlar su carácer, pues se convenció que era más fácil dominar
su mal genio que seguir clavando clavos detrás de la puerta.
Llegó por fin el día en que no se puso bravo ni una sola vez con lo que ese
día no tuvo que clavar ningún clavo detrás de la puerta. Cuando se lo contó feliz a
su padre, este le sugirió que, en adelante, cada día que lograra controlarse por
completo, arrancara uno de los clavos que había colocado en los días anteriores
detrás de la puerta.
Fueron pasando los días y el joven pudo finalmente anunciarle a su padre
que ya no quedaban clavos por retirar de la puerta.
Su padre lo tomó de la mano, lo llevó hasta la puerta y le dijo:
-Te has esforzado muy duro, hijo mío, por controlar tu carácter. Te felicito.
Pero mira todos esos huecos en la puerta. Ya nunca más será la misma. Cada vez
que pierdes la paciencia y tratas a alguien con enojo, dejas cicatrices en su alma,
exactamente como las que ves en la puerta. Es verdad que puedes ofender a
alguien y luego retirar lo dicho y hasta pedirle disculpas, pero la cicatriz queda en
el alma.
(Enviado por correo electrónico por William Hernández)
***
Cuentan que una mujer muy chismosa, que se la pasaba comiéndole cuero
a los demás, acudió un día a confesarse con San Felipe Neri. Después de
escuchar con mucha atención a la mujer y averiguar que solía reincidir en dicha
falta aunque habitualmente se confesaba de ello, el sabio confesor le dijo al
ponerle la penitencia:
-Ve a tu casa, mata una gallina y me la traes desplumándola por el camino.
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