PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf

Vista previa de texto
Prakash siguió subiendo la montaña lo más rápido que podía. Se moría de
las ganas de ver y abrazar a su Dios. Repitiendo entre jadeos su discurso llegó por
fin a la cumbre pero Dios no estaba allí.
-Dios, ¿dónde estás? Me invitaste a verme aquí y yo he cumplido con mi
parte. Aquí estoy, pero no te veo. ¿Dónde estás? Por favor, Dios, no me
decepciones...
Lleno de dolor y desespero, el santo hombre se echó al suelo y rompió a
llorar. Entonces, oyó una voz que descendía retumbando de las nubes:
-¿Quién está ahí abajo? ¿Por qué te escondes de mí? ¿Eres tú, Prakash?
No te veo. ¿Por qué te escondes? ¿Qué has puesto entre nosotros?
-Sí, señor, soy yo, Prakash. Tu santo hombre. Te he traído este precioso
jarrón. Mi vida entera está en él. Lo he traído para ti.
-Pero no te veo. ¿Por qué te empeñas en esconderte detrás de ese enorme
jarrón? Así va a ser imposible que nos veamos. Deseo abrazarte fuertemente;
por eso, arroja bien lejos el jarrón. Bota lo que tiene adentro.
Prakash no podía creer lo que estaba oyendo: cómo iba a romper su jarrón
tan preciado que contenía todas las buenas obras que él había hecho por su
Dios...
-No, señor, mi hermoso jarrón, no. Lo he traído especialmente para ti. Lo he
ido llenando pacientemente con mis...
-Tíralo, Prakash. Dáselo a otro, si quieres, pero libérate de él. Deseo
abrazarte a ti, Prakash. Te quiero a ti por lo que eres y no por lo que has hecho
por mí. Bota, bota ese jarrón, que ya no aguanto las ganas de abrazarte...
(Tomado de Lázaro Albar Marin:
“Espiritualidad y praxis del orante cristiano”).
Cuánto nos cuesta aceptar que Dios nos ama incondicionalmente, sin
importar lo que hagamos. Pensamos que compramos su amor a base de nuestras
pequeñas buenas obras. Cómo nos cuesta aceptar la parábola del Hijo Pródigo y
terminar de entender que Dios es ese Padre Bueno que todas las tardes se pone a
esperar con el corazón agusanado de dolor el regreso de su hijo. Y cuando, por
fin, lo ve llegar, se arroja en sus brazos, lo cubre de besos y en vez de escuchar
las palabras de perdón del hijo arrepentido, le manda preparar una gran fiesta.
Nosotros nos parecemos demasiado al hermano mayor de la parábola. Nos
cuesta aceptar que el Padre sea tan bueno, no podemos comprender su júbilo y
alegría. Querríamos, en definitiva, un Dios menos bueno. Como somos pequeños
y mezquinos, como nos cuesta perdonar, nos hemos hecho una idea de Dios
pequeño como nosotros, a nuestra imagen y semejanza. Ya lo decía Feuerbach:
35
