PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf

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lo contrario, el maestro está convencido de que tiene en su salón un grupo de
triunfadores, los vuelve triunfadores. Si el maestro tiene una autoestima positiva,
valora su trabajo y se encuentra a gusto consigo mismo, la comunica a sus
alumnos. Por el contrario, el maestro amargado, sin entusiasmo ni ilusión, cubre
toda la acción educativa con un manto de pesimismo y frena el aprendizaje de sus
alumnos.
Evita toda palabra, gesto u opinión ofensiva.(“Eres un inútil; no sabes
nada; mal, como siempre...”) Subraya siempre lo positivo, y sobre todo, no dejes
nunca de querer a tus alumnos. Querer a los alumnos no es alcahuetearlos ni
abrumarlos con ilusorias expectativas que les lleven a imaginar que son el ombligo
del mundo. Querer a los alumnos supone interesarse por ellos, por su crecimiento
y su desarrollo integral, alegrarse de sus éxitos aunque sean pequeños y parciales
y, sobre todo, nunca perder la fe ni la esperanza. El notable pedagogo ruso
Makarenko, cuenta la historia de un “malandro” que poco a poco se fue
transformando, gracias al trabajo cooperativo y autoresponsable. Más tarde, sin
embargo, reincide y huye con el dinero. Makarenko no lo denuncia a la policía, y
varios meses después el ladrón regresa, sin que nadie le obligue a hacerlo.
Makarenko actúa como si nada hubiera ocurrido, y le confía una gran cantidad de
dinero para que vaya a hacer compras a la ciudad. El conflicto quedó resuelto
automáticamente, sin necesidad de discursos moralizantes. La moral estaba
precisamente en el regreso del “malandro” y en el riesgo que Makarenko decidió
correr. No se trata de una “prueba”, sino que es la prueba de que el educador no
percibió al ladrón como tal, sino como una persona para quien cualquier milagro
es posible por el hecho de serlo. De ahí la necesidad de mirar a los alumnos
siempre con los ojos del corazón.
***
Un profesor universitario envió a sus alumnos de sociología a las villas
miseria de Baltimore para estudiar doscientos casos de varones adolescentes en
situación de riesgo. Les pidió que escribieran una evaluación del futuro de cada
muchacho. En todos los casos, los investigadores escribieron: “No tiene ninguna
posibilidad de éxito”.
Veinticinco años más tarde, otro profesor de sociología encontró el estudio
anterior y decidió continuarlo. Para ello, envió a sus alumnos a que investigaran
qué había sido de la vida de aquellos muchachos que, veinticinco años antes,
parecían tener tan pocas posibilidades de éxito. Exceptuando a veinte de ellos,
que se habían ido de allí o habían muerto, los estudiantes descubrieron que casi
todos los restantes habían logrado un éxito más que mediano como abogados,
médicos y hombres de negocios.
El profesor se quedó pasmado y decidió
seguir adelante con la
investigación. Afortunadamente, no le costó mucho localizar a los investigados y
pudo hablar con cada uno de ellos.
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