PARABOLAS PARA FORMAR EN VALORES.pdf


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7.- EL ARBOL DE PROBLEMAS
Aquel día había resultado especialmente desafortunado al carpintero que la
buena señora había contratado para que le ayudara a reparar una vieja granja. La
cortadora eléctrica se había empeñado en no funcionar y ahora, cuando ya
anochecía, el viejo camión no quería arrancar.
-Yo lo llevo en mi carro hasta su casa -se ofreció amablemente la señora.
Casi no se cruzaron una sola palabra a lo largo de todo el camino. El rostro
del hombre era una estampa de desánimo y cansancio. Sin embargo, cuando
llegaron, sonrió penosamente e invitó a la señora a que entrara un momento en su
casa para que conociera a la familia.
Mientras se dirigían a la puerta, el carpintero se detuvo un rato frente a un
pequeño árbol y le estuvo acariciando sus ramas. Cuando entraron, ocurrió en él
una transformación sorprendente: su cara se iluminó con una ancha sonrisa,
abrazó con júbilo a sus hijos y besó con entusiasmo y cariño a su esposa. Se
tomaron un café, conversaron alegremente un rato y luego, al despedirse,
acompañó a la señora hasta su carro. Al pasar junto al árbol, la señora sintió
curiosidad de averiguar qué es lo que había hecho en el arbolito unos minutos
antes que lo había transformado de ese modo.
-¡Oh, ese es mi árbol de problemas! -contestó sonriendo el carpintero-. Sé
que yo no puedo evitar tener problemas en el trabajo, pero una cosa es bien
segura: no me los llevo a la casa, no quiero atormentar con ellos ni a mi esposa ni
a mis hijos. Así que los cuelgo cada noche en el árbol antes de entrar en mi casa.
A la mañana siguiente los recojo, pero la verdad es que, durante la noche
disminuyen y se debilitan mucho.
Sería bueno que, en la entrada de cada escuela, se colocara un árbol
donde los maestros fueran dejando sus problemas, las cosas que les preocupan
o les angustian. Con demasiada frecuencia, son los alumnos los que pagan los
pleitos
familiares de sus maestros,
sus necesidades económicas,
sus
inseguridades y carencias afectivas. Los alumnos no son culpables de que te
hayas peleado con el esposo o con los hijos, de que te haya regañado el director,
de que no te alcance el dinero, o de que no pudieras conseguir carrito. Tampoco
deben pagar tu frustración existencial de que querías estudiar otra carrera y
entraste a educación porque sólo allí quedaban cupos. Los alumnos te necesitan
alegre, positivo, entusiasta. Por ello, deja los problemas antes de entrar en la
escuela y proponte siempre ser la persona más alegre del salón. Vive cada clase
como una aventura, convierte tu salón en una fiesta. Recuerda siempre el
excelente poema de Celaya:
Vivir es una fiesta.
Tengo las manos llenas de alegrías explosivas
y el cerebro barrido de recuerdos.
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