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Lourdes Olmos Cunningham
Perdona el desorden
Tendré que acostumbrarme a esta nueva idea de la refracción
y convergencia de la luz;
al olor de los pinos que se incendian con el mínimo roce del sol.
Encendí el fuego para quemar lo antiguo
lo entendió mi madurez precipitada,
no hay disfraz de crueldad, vanidad o falso orgullo
que al final no sea develado.
Perdona el desorden,
si me acerco al fuego,
al menos estaré a salvo en la estación venidera;
el fuego cauteriza las heridas encapsuladas
en el ADN de las hojas de invierno que caen imprecisas de los árboles;
perdona el desorden que provoca este inminente olvido
los laberintos de mi memoria están ahora en construcción
y no hay motivo íntimo que me guié
a buscar una salida de emergencia,
sumergida en el pantano,
con las piernas todavía fuertes para sostenerme,
continuo mi recorrido hacia el rescate de los geranios
dulces criaturas tristes
enmudecen de olvido.
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