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explotado bajo un régimen socialdemócrata europeo
que garantice una serie de derechos ciudadanos y
económicamente atractivos, antes que vivir bajo los
oscuros mantos militares de los regimenes de Videla,
Pinochet, Kim Il Sung, Mussolini o Stalin. Preferir,
imaginar, se puede. Lo que no se puede es elegir.
Son condiciones globales las que permiten ambas
variantes: es de pública aceptación que los países
considerados como las “mejores democracias”
colaboran decisivamente con “las crueles dictaduras” de
otros países. Y no sólo aquello, sino que se hacen
posibles las unas a las otras. Incluso en la competencia
económico-política entre burgueses, motor indiscutible
de la dominación burguesa.
Los reclamos democráticos contra las dictaduras cívicomilitares, tal como los llamados desde el anti-fascismo,
son otras de las lamentables consecuencias de estos
regímenes de gobierno, que no hacen más que seguir
ocultando la verdadera cara de esta sociedad.3
Resulta ejemplificador para el caso, los acontecimientos
que se desarrollan a la fecha en Egipto: hasta la
revuelta popular del 25 Enero de 2011 el gobierno de
Hosni Mubarak era presentado como un gobierno
democrático ejemplar de África, sin embargo,
rápidamente -velocidad dada de acuerdo al particular
análisis de cada gobierno y los medios de
comunicación- se instituyó la imagen del “dictador” así
como también la de los “rebeldes”. La otra cara de la
moneda, nos indica que mientras se ejecuta este
“conjuro” que troca la imagen de un gobierno
democrático -similar a otros tantos- por una dictadura
de 30 años; a su vez se logra establecer el caso
“particular” de un país o de una zona geográfica, donde
los reclamos de hambre, desocupación y desesperanza
que contienen una embrionaria e instintiva posición de
clase, son tornados en una “revolución de jazmín” que
aspira a reformas por más democracia4. Absurdamente
(pero dentro de la lógica de la democracia), los
encargados de asumir el poder y llevar adelante las
reformas democráticas será el ejército de Egipto,
mientras las armas utilizadas para reprimir son
vendidas por países europeos que son el buen ejemplo
de las democracias a imitar en el resto del mundo.
La dictadura política es una formalización de la
dictadura social, no es simplemente el resultado de una
puja de poderes. Es una tendencia del Capital que
suele surgir cuando comienzan a aparecer obstáculos a
su gestión (no decisivamente revolucionarios) o si el
gobierno a derrocar se vuelve ineficaz para la
administración de la economía capitalista. Una manera
más brutal y violenta de re-organización, donde cada
proletario queda marginado explícitamente del Estado
Volvemos a recomendar la lectura del debate que hacíamos
mención en el nro. 3 de Cuadernos, en torno al último golpe
de Estado en Honduras, dado en el foro del sitio
“Anarkismo.net”, donde intervenía el compañero responsable
del sitio Comunizacion.org.
Enlace: http://anarkismo.net/article/13596
3

Desde Occidente, para la lógica dominante, estas simples
reivindicaciones son codificadas no solo como una lucha por
democracia, sino por una democracia occidental, allí estarían
luchando entonces por ser mas parecidos a los occidentales.
4

(como siempre ha sido, sólo que las necesidades del
momento hacen que todo ocurra de un modo más
crudamente sincero mediante decretos de urgencia,
derogaciones de leyes y el evidente control de las
armas). Se acaba el show de la participación y
entonces el Estado tiene que reorganizar el gobierno
bajo un “estado de excepción”. El uso de la violencia y
de las armas pareciese ser el elemento que define por
excelencia a una dictadura, olvidando que el monopolio
de la violencia es una de las cualidades fundamentales
de todo Estado, se trate de democracia o dictadura.
Básicamente son las potestades legales que asume el
régimen dictatorial lo que marca la diferencia, pues
asume el control de la situación (“por el bien del
conjunto social”) estableciendo los mecanismos que
considere necesario sin los procesos de intervención de
los “representantes electos del pueblo”. En cambio la
democracia integra ilusoriamente con las elecciones,
con
“presupuestos
participativos”,
consultas,
referéndums. Y esta participación es aceptada y
festejada sólo mientras venga a reproducir la
organización social ya existente.
En la tesis 109 de “La sociedad del espectáculo” Guy
Debord afirma que: “El fascismo ha sido una defensa
extremista de la economía burguesa amenazada por
la crisis y la subversión proletaria, el estado de sitio en
la sociedad capitalista, por el que esta sociedad se
salva y aparenta una nueva racionalización de
urgencia haciendo intervenir masivamente al Estado
en su gestión. Pero tal racionalización está ella misma
gravada por la inmensa irracionalidad de su medio.”
Sin embargo los desagradecidos demócratas suelen
condenar discursivamente a quienes han tenido que
hacer el trabajo sucio por ellos para salvaguardar su
mundo capitalista. No reconocerán en los sangrientos
dictadores a quienes les salvaron el pellejo, o a quien
ha puesto la cara para liquidar a los proletarios
molestos o sobrantes que hoy no interferirán en sus
planes, y es que el demócrata ocultará las
contradicciones sociales hasta su muerte.
Muchas veces se ha querido entender que igualamos
democracia a dictadura cívico-militar… Si “todo es lo
mismo” no hay reflexión posible, no hay vida posible…
No somos ciegos, comprendemos sus diferencias
encarnadas principalmente en el terrorismo estatal
beligerante, pero esto no puede llevarnos a preferir una
o la otra, siendo que ese terrorismo estatal se sigue
llevando a cabo de una forma diferente en democracia.
Porque como ya hemos dicho, no es cuestión de elegir
(¡esa falsa elección es justamente el cáncer que nos
significa la democracia!), es cuestión de comprender
que ambas son diferentes variantes de la dictadura del
Capital, y no se puede prescindir de ninguna de ellas,
pues la existencia de una garantiza a la otra. Un claro
ejemplo son casos como lo recientemente ocurrido en
Haití, “las bombas de paz” y la ayuda humanitaria en
Libia o cualquier invasión de organizaciones
internacionales con “fines de paz social”: países
democráticos que envían su “ayuda humanitaria” para
controlar y liquidar a los proletarios del país en cuestión,
con mayor violencia y brutalidad que como lo hacen los
locales.
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