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“La
unidad
histórica
(y
lógica)
democracia-mercancía es muy potente;
son dos aspectos de una misma
realidad. La democracia no surge de la
esclavitud (aunque coexista con ella),
sino del comercio. En efecto, en las
sociedades antiguas donde la mercancía
se encontraba en la periferia de la
sociedad,
la
democracia
también
ocupaba ese lugar periférico, y sólo
adquiría una importancia interna en los
centros comerciales como, por ejemplo,
en Atenas. En la sociedad mercantil
generalizada, en el capitalismo, la
democracia se generaliza.”
(Miriam Qarmat, “Contra la democracia”)
Con la producción y reproducción de la ideología
dominante, se ha impuesto la idea de que la
organización democrática es la mejor organización
social posible, como un ideal que todos debiésemos
compartir, respetar y venerar como la mejor y más
amable de las formas de dominación posibles,
perdonando sus errores, festejando sus aciertos y
esperando sus posibles mejoras. Ya “alcanzado este
estadío”, entonces, se plantea como algo que existirá
para siempre. Estableciéndose en contraposición con
otros sistemas como la cúspide del desarrollo humano,
un ideal de vida armoniosa entre los seres humanos
que siempre pareció estar esperándolo allí arriba, en la
cima del desarrollo. Es así como nos entregamos por
enteros a la idea de progreso, donde la democracia
representa un punto culmine de perfección ¿Y qué
hemos logrado gracias a ella más que negarnos como
seres humanos?
La única “comunidad” que parece sernos propia es:
la “comunidad” del dinero y por lo tanto también la
de la legalidad, que reproduce al ciudadano “libre”
disuelto en el pueblo, esa comunidad amorfa utilizada
muy bien por los demócratas para desarticular nuestra
clase ya que dentro del pueblo cabe de todo:
explotados y explotadores, ejército, policía, campesinos
y obreros, partidos y sindicatos, etc…1
No hubo en el pasado demasiados movimientos de
lucha o diversos militantes que hayan realizado una
crítica teórico-practica profunda de la democracia, es
cierto, pero si han brindado variadas herramientas para
ayudarnos a hacerlo...

PREPARAR LAS ELECCIONES
O PREPARAR LA REVOLUCIÓN
El anti-parlamentarismo no es una cuestión de
estrategia política según la región o las circunstancias
históricas. Tampoco es una cuestión de fe dogmática
que define nu3estra perspectiva. El parlamento es un
instrumento de dominación sobre el proletariado, que
no puede usarse al antojo de quien lo pretenda, es una
herramienta creada por y para la clase dominante2: en
este mundo nada es neutral, todo tiene sus razones
y su historia. Y su uso o apología por parte del
reformismo y el oportunismo no ha hecho más que
seguir depositando confianza en el legalismo, en la
política de jefes, en la delegación, en el culto a la
personalidad, en la renuncia a un cambio radical de la
organización de lo social: en la apariencia de una
sociedad sin antagonismos, en una masa de
ciudadanos que tienen el mismo derecho a participar en
la vida política del país donde viven. Mientras que por
otra parte, la apología abstencionista y acrítica ha
hecho una religión de no votar, dejando entrever
peligrosamente en su discurso que los cambios también
son la suma de las individualidades, y que en vez de
sumar votos se deberían sumar cambios de conciencia
y/o voluntades individuales.
La democracia, así como su reverso abstencionista,
expresan en lo inmediato la determinación de triunfo y
derrota en relación a una suma cuantitativa: la mayoría
de las democracias actuales sobreviven sin problemas
con altísimas tasas de abstención de votantes, sin
embargo los casi 7 mil millones de humanos que
habitamos éste planeta seguimos regidos por
regimenes políticos organizados dentro de los
parámetros democráticos de gobierno.
El origen de la institución se remonta a las reuniones de los
representantes de la nobleza, del clero y de las ciudades con
derecho a ello que los Reyes europeos convocaban a fin de
que aprobaran la imposición de gravámenes y derechos y
trataran los negocios graves del Reino.
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Ver: Cuadernos de Negación nro.2, pag. 19: Ciudadanismo