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menos contestatario. Somos radicales. Y por radicales comprendemos además de ser tajantes y desconfiar de los
términos medios (que siempre suelen ser el refugio de los oportunistas) el hecho de comprender las cuestiones
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desde la raíz . Es a ésta radicalidad a la que el movimiento revolucionario siempre ha apelado y de la cual
nos sentimos parte, no a las formas espectaculares que la palabra “radical” puede evocar.
El reformismo y el oportunismo siempre buscan justificativos para posponer las verdaderas urgencias de nuestra
clase y boicotear la solución a todo este sistema de muerte. La historia nos demuestra que siglos de lucha contra
los efectos de este sistema asesino no acaba con dichos efectos (y mucho menos con las causas), por más
masivas y combativas que esas luchas sean. Aún cuando siempre en la correlación de fuerzas de la lucha de
clases, el proletariado es en su número favorecido, no pueden acabar con el problema del hambre, de la destrucción
de los espacios naturales, de la desocupación, de la sobre-explotación o la represión.
Esas luchas (“parciales”, “reivindicativas”) se seguirán dando pero debemos ir comprendiendo, y por lo
tanto atacando, las causas de los problemas.
Teniendo en cuenta también a esas luchas como una acumulación de fracasos, donde en momentos y épocas dadas
se ha prendido la mecha revolucionaria, y ese conjunto de fracasos es lo que nos permite afinar la puntería, definir
mejor la forma y el contenido de la revolución que nos impulsa.
Estos, como otros textos, de por sí no pueden impulsar una ofensiva, pero si pueden establecer un análisis que
aporte a que esa ofensiva existente sea certera, o a crear ofensivas certeras y desechar ofensivas inútiles.
Hubo momentos históricos revolucionarios, es cierto, de ellos podemos sacar buenas lecciones tanto de sus logros
como de sus derrotas, pero las situaciones revolucionarias son las menos en nuestra historia como clase, la
regla general es la dominación. Por lo tanto es necesario -si deseamos transformar la realidad- analizar las
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posibilidades en esta época que nos contiene, más que contentarse y/o compararse con ciertos sucesos.
Es en esta necesidad que vemos como necesario posicionarnos firmemente contra las viejas ilusiones: las de la
participación democrática, las de la gestión de lo existente, las de la creación de poder popular, las de construir
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clasismo . Viejas ilusiones que son el contenido de diversas formas de organización, o tan solo su mera expresión…
aunque así también pueda ocurrir que movimientos con formas organizativas idénticas (asamblearismo, lucha
armada, línea editorial) expresen contenidos sociales radicalmente distintos. Pero la revolución no es un
“problema” que se resuelve encontrando “la forma” organizativa adecuada; por el contrario, es una cuestión
de contenido social real.
Vale aclarar, además, que no podemos categorizar las luchas parciales, inmediatas y defensivas que llevamos
adelante en “revolucionarias” o “reformistas”. En apariencia los objetivos de cada lucha hacen patente sus
intenciones desde el principio: conseguir respuesta positiva de la autoridad a tal o cual demanda, a diferencia de la
huelga y el sabotaje, que intentan enfrentar en un mismo terreno a las estructuras de la sociedad burguesa sin
intermediarios. Pero el contenido de las luchas no se define en el conjunto de puntos que se puedan fijar en
un petitorio, ni en las consignas contenidas en nuestra propaganda. El contenido se expresa en lo que cada
persona descubre de sí misma, de su comunidad de lucha y de lo que estén dispuestos a hacer cuando se
encuentren luchando. En un contexto de total pauperización, sólo los idealistas y doctrinarios ortodoxos pueden ver
en una lucha la forma correcta o incorrecta.
Comprendemos que esto no se destruye de la noche a la mañana, que no es “un día
capitalismo, a la noche revolución y al otro día comunismo anárquico”; así como también
entendemos que algunas (sólo algunas) de las situaciones que pueden comprenderse
como “reformistas” pueden no serlo… Porque fuera de momentos históricos
profundamente revolucionarios sigue existiendo una tendencia revolucionaria, que
al estar condicionada por su tiempo, actúa dentro de sus propios límites.
No es posible separar las necesidades humanas inmediatas de la necesidad
humana de revolución, no podemos separar lo que se necesita ahora -por ejemplo
pan o techo- de lo que también se necesitaría después -destruir a los opresores
que son quienes nos niegan aquel pan, aquel techo, y también algo más-.
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radical (del lat. radix, -icis, raíz). 1. adj. Perteneciente o relativo a la raíz. 2. adj. Fundamental, de raíz.
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Esto, como afirmábamos en el Cuaderno anterior, no es querer ponernos a la moda de rechazar todo lo pasado, siguiendo en el
plan que nos ha preparado la publicidad capitalista. Todo lo contrario: el ver cómo importantes aportes son -con el tiempoapartados u olvidados, como si los años los desgastaran, como si les restaran su importancia, es reconocer un síntoma del
desprecio por nuestra historia como clase.
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¿Construir clasismo? Las clases no son inventadas por la izquierda (ni parlamentaria ni extraparlamentaria), las clases existen
materialmente, no son producto del mundo de las ideas. Lo que estos señores pretenden es sostener la antorcha que
iluminará a los explotados, que serán explotados recién cuando estos señores les cuenten que lo son, y así pretenderán dirigirlos.
Uno no se convierte “en clase” para luchar por lo que le corresponde, sólo hace falta asumir lo que ya somos. Ver: Cuadernos de
Negación nro.2, página 13, “¿Transformarse o asumirse?”
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