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Si sostenemos que la lucha contra la explotación es llevada a cabo por la humanidad dominada, no es porque ésta
posea alguna superioridad moral con respecto a la de quienes pertenecen a la clase dominante, o porque encarnen
un designio celestial o místico, sino porque la contradicción entre sus necesidades humanas y sus condiciones
materiales de existencia le empujan a luchar (independientemente del nivel de consciencia) contra su situación y
todo lo que la sustenta. Y de ninguna manera soñamos con una revuelta de los proletarios que apunte a
imponer el modo de vida proletario actual a toda la especie humana.
Otra vez volvemos a algo ya esbozado en el Cuaderno anterior,
cuando preguntábamos cómo liberarnos del trabajo, pensando
en brindar soluciones al ordenamiento actual. "¿Quien recogería
la basura? ¿Donde la acumularíamos?" Antes de responder a
esa pregunta, deberíamos analizar el actual modo de
producción de basura, y la basura que es el modo actual de
producción.
Tampoco nos posicionamos desde un pseudo-hedonismo,
donde se propone la abolición del trabajo para dar paso a un
juego que comenzaría al nacer y acabaría al morir. Estos
hedonistas modernos, que oponen al trabajo un no-trabajo
propio del capitalismo, no nos convencen sobreestimando
placeres capitalistas a menor costo, como el hecho de viajar o disfrutar “lo bueno” del capitalismo sin pagarlo. Las
vacaciones, sean más baratas o incluso gratuitas, no dejan de ser parte del disfrute capitalista, del hecho de
desplazarse a lugares siempre similares para obligarse a “descansar”, “aprender” o “explorar”. Y el resto de los
supuestos placeres capitalistas, no dejan de ser capitalistas por no pagarlos directamente o por el simple hecho de
creer que no lo son. Nadie puede mantenerse “al margen” de un mundo que ha sido infectado en su totalidad por el
veneno de estas relaciones de producción: tanto el “libertario” que come de la basura porque desea no pagar por sus
mercancías comestibles, como el cartonero que lo hace porque no tiene otra opción, cumplen al fin y al cabo la
misma función en la dinámica del consumo. Se alimentan de los deshechos de lo que consumen los demás y que
antes otros proletarios asalariadamente produjeron, su “estilo de vida” (impuesto o elegido) no es extendible a la
totalidad de la población, y existen porque existe el modo de producción capitalista.
“El hombre crea colectivamente los medios de su existencia, y los transforma; no los recibe regalados
por las máquinas, pues en ese caso la humanidad estaría reducida al estadío del niño, que se
contenta con recibir juguetes cuyo origen ignora, y cuyo origen ni siquiera existe para él (los juguetes
están ahí, existen, es todo). De la misma manera, el comunismo no hace el trabajo perpetuamente
alegre y agradable. La actividad eminentemente enriquecedora del poeta pasa por momentos
penosos e incluso dolorosos. Lo único que hace el comunismo en este dominio es suprimir la
separación entre el esfuerzo y el disfrute, la creación y el recreo, el trabajo y el juego.”
(Jean Barrot. “Capitalismo y Comunismo")
Nuestra lucha no es seguir en el mundo de lo separado y optar por uno de los extremos, nuestra lucha es por
abolir dicha separación.
GESTIÓN Y AUTO-GESTIÓN
Los explotados no tienen nada que autogestionar, a excepción
de su propia negación como explotados.
(Anónimo, “Ai ferri corti con l'esistente, i suoi difensori e i suoi falsi critici")
¿Y qué decir de la toma de fábricas y de espacios? Podemos remarcar que, en los mejores casos, se atenta contra
la propiedad privada, se confronta con el patrón y sus guardias, se desvía el uso de medios de producción y espacios
para necesidades y deseos más propios. Ahora bien, éstas, entre otras prácticas que pueden ser el comienzo de una
verdadera revuelta, no representan un motivo suficiente para evitar realizar una crítica, que además siga aportando
en la comprensión de la sociedad mercantil generalizada. Tarea fundamental para no restaurar el orden capitalista
“desde abajo” con nuestras manos y la de nuestra gente. Por eso afirmamos rotundamente: un esfuerzo más si
queremos ser revolucionarios.
El gestionismo, es decir: intentar gestionar la producción de este sistema, no es más que la otra cara del
politicismo: considerar que tomando el mando del gobierno se puede cambiarlo todo.
Observamos entonces que un cambio social es deseable, pero esto a su vez co-existe con la afirmación
implícita dominante de que no es posible. Por lo tanto, se intentan realizar ambos pensamientos a la vez, lo
que da como resultado la neutralización de un cambio revolucionario, al pretender prácticas anti-capitalistas
dentro del capitalismo.
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