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producción post-festum. El sujeto no es el hombre sino la mercancía en cuanto sujeto automático. Los procesos
vitales de los hombres quedan abandonados a la gestión totalitaria e inapelable de un mecanismo ciego que ellos
alimentan pero no controlan. La mercancía separa la producción del consumo.
Este proceso en que la vida social de los hombres se ha transferido a sus mercancías, es lo que Marx llamó el
fetichismo de la mercancía: en lugar de controlar su producción material, los hombres son controlados por ella; son
gobernados por sus productos que se han hecho independientes, lo mismo que sucede en la religión.
El amor excesivo a ciertas mercancías es sólo un epifenómeno del proceso por el cual la mercancía ha embrujado la
entera vida social, porque todo lo que la sociedad hace o puede hacer se ha proyectado en las mercancías.
El desdoblamiento de todo producto humano en dos aspectos, el valor de cambio y el valor de uso, determina casi
todos los aspectos de nuestra vida y, sin embargo, desafía nuestra comprensión y el sentido común, quizá un poco
como la teoría de la relatividad. Era difícil hacer del fetichismo un discurso para masas, como se hizo con la "lucha de
clases" o la "explotación".
El fetichismo es el secreto fundamental de la sociedad moderna, lo que no se dice ni se debe revelar.
Durante mucho tiempo, tal ocultamiento no fue muy difícil: criticar el fetichismo habría implicado poner en tela de
juicio todas las categorías que incluso los presuntos marxistas y los críticos de la sociedad burguesa habían
interiorizado por completo, considerándolas datos naturales de los cuales sólo podía discutirse el más o el menos, el
cómo y, sobre todo, el "para quién", pero sin cuestionar su existencia en sí: el valor, el trabajo abstracto, el dinero, el
Estado, la democracia, la productividad.
No es fácil sustraerse a la perversa fascinación de la mercancía. La crítica del fetichismo de la mercancía es la única
vía que hoy se halla abierta a una comprensión global de la sociedad; y afortunadamente semejante crítica se está
formando.
Durante largo tiempo, la mercancía nos engañó presentándose como "una cosa trivial y obvia". Pero su inocencia ha
pasado, porque hoy sabemos que es "una cosa embrolladísima, llena de sutileza metafísica y caprichos teológicos".
Y todos los rezos de sus sacerdotes serán incapaces de salvarla de la evidencia de su condena.
¿LIBERAR EL TRABAJO?
¡LIBERARNOS DEL TRABAJO!
No se trata de desembarazarse del lado “malo” del capital -la valorización-, guardando el “bueno”
-la producción-. Pues como hemos visto, el valor y la lógica de la ganancia imponen un cierto tipo
de producción, súper-desarrollan ciertas ramas, descuidan otras.
(Jean Barrot. “Capitalismo y Comunismo")
Por lo expuesto a lo largo de este Cuaderno, está claro que no proponemos nacionalizar las fábricas, ni nos
conformamos sólo con luchar por mejorar las condiciones de trabajo. Asimismo, tampoco queremos auto-gestionar
las fábricas, ni abolir el dinero para suplantarlo por bonos o algo que se le parezca. Afirmamos del mismo modo, que
no queremos llevar adelante una crítica “moral” del trabajo, ni que nos oponemos a éste porque nos da la gana, “nos
parece aburrido” o tenemos mejores propuestas para hacerlo más “justo”. Mucho menos igualamos la revolución a
contentarse con tomar los medios de producción… ¡Cómo si eso fuese suficiente! Queremos reapropiarnos de
nuestra actividad humana, y queremos someter a crítica los medios de producción antes de tomarlos ciegamente:
nuestra lucha no es por producir y re-producir este mundo, tal como está pero sin dinero, patrones ni Estado.
Nuestro posicionamiento no es una reivindicación acrítica de las masas trabajadoras por su condición
justamente de trabajadora (como señalábamos en el artículo anterior: “ideología del sacrificio”) tolerando así toda
la carga de enajenación, sino de la posibilidad que ellas encarnan en su propio seno, más precisamente de
su posibilidad de auto-supresión revolucionaria. Por ello, no hay contradicción entre nuestras posiciones de
“abajo el trabajo” y el apoyo a ciertas luchas de los trabajadores o cualquier grupo social que se plantee en conflicto
con la sociedad en tanto lucha por una reivindicación y no una reforma. No circunscribimos la idea de lucha en torno
al trabajador, sino al proletario que puede luchar tanto en su barrio contra los desalojos como en la oficina, la fabrica,
etc.
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