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Y ABAJO EL OCIO MERCANTIL
Destinamos cierta cantidad de horas a lo que definimos como esparcimiento, para recuperarnos del stress
generalizado en que vivimos diariamente. Pausamos nuestro rol de productores de objetos y servicios, para darle
paso a nuestro rol de consumidores de productos y servicios (al margen de los proletarios que trabajan en estas
fábricas de ocio y diversión mercantil, porque -como para todo en este mundo del Capital- alguien está allí
trabajando).
Realizar nuestros momentos de ocio y diversión en la sociedad mercantil generalizada tiene similitudes con el trabajo
asalariado: hay que hacerlo rápido y bien, se vuelve repetitivo y obligatorio, no hay tiempo para descansar, se
rechazan las pasiones, se cumple con la norma de la ideología dominante.
Divertirse parece ser directamente proporcional al dinero gastado, por eso se pasea por shoppings y centros
comerciales, por eso se paga para hacer deportes, música o tener sexo, o se paga para ver a otros hacer deportes,
música o tener sexo.
Las ciudades se van organizando ya no sólo de acuerdo a los centros de producción, sino también a los centros de
consumo. Es que el mundo mercantil gira en torno a ello: producción y consumo.
La liberación del ocio sólo es posible si nos liberamos de la esclavitud asalariada. Si el tiempo de ocio existe, es
porque existe un tiempo de trabajo que lo define, ambos son fruto de esa división.

YA NO SOMOS ESCLAVOS… ¿VIVA LA LIBERTAD?
La guerra es la paz. La libertad es la esclavitud. La ignorancia es la fuerza
(George Orwell, “1984")

La sociedad del Capital nos hace libres: libres de elegir entre morir de necesidades insatisfechas o trabajar. Esa es la
libertad burguesa. Somos libres de poder vender nuestra fuerza de trabajo, y el burgués es libre de comprarla.
Podemos ilustrar esto con un fragmento del film “Queimada” (Gillo Pontecorvo, 1969) donde un agente comercial
británico intenta convencer a un grupo de notables portugueses de una pequeña colonia latinoamericana de los
beneficios del asalariado con respecto al esclavo y el libre cambio internacional:
"Caballeros, permítanme ponerles un ejemplo, un ejemplo que podrá parecer un poco impertinente...
pero que según creo es bastante adecuado: ¿Qué prefieren ustedes? O mejor dicho, ¿qué creen que
les conviene más, una esposa o una de esas mulatas? No, no por favor, no me entiendan mal, estoy
hablando estrictamente en términos económicos. O sea del costo del producto... del rendimiento de
ese producto. El producto en este caso es el amor, amor físico naturalmente, ya que los sentimientos,
obviamente, no forman parte de la economía. Pues bien, a una esposa hay que darle una casa,
comida, vestidos, medicinas cuando se pone enferma, etc, etc. A una mujer hay que mantenerla toda
una vida, incluso cuando envejece y resulta improductiva. Y si uno la sobrevive, encima tiene que
pagarle el funeral. No, no se rían, señores. No es una broma. Es exactamente así. En cambio, con
una prostituta es mucho mejor, los costes disminuyen, porque no hay necesidad de hospedarla,
curarla, vestirla, alimentarla... ni mucho menos enterrarla. Una prostituta se tiene sólo cuando se la
necesita y se la paga sólo por su servicio, y se la paga por lo que hace por horas. Entonces, señores,
¿qué es más conveniente: un esclavo un trabajador asalariado?"
Esta libertad no nos satisface. Las cadenas del esclavo, y los hilos invisibles que retienen al actual trabajador
asalariado, no nos permiten avanzar.
Es este chantaje llamado libertad el que alberga la libre competencia, la libertad de votar, la libertad de culto, la
libertad de prensa, la libertad de los derechos y los deberes, las libertades de seguir siendo dominados… Pero
tampoco queremos menos que eso. En realidad ¡queremos más! Queremos otra libertad, superando aquella
ambigüedad terminológica con la realidad revolucionaria…
Queremos liberar a la actividad humana del trabajo asalariado, a las necesidades humanas del Capital, a la
decisión de la política, a la comunidad del Estado, a nuestros sentimientos de toda variedad de religión, a
la creatividad del arte, al amor de las imposiciones culturales, a la diversión del ocio capitalista: esa es la
libertad que queremos.
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