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jamás vemos su inicio ni su final. Esto generalmente nos genera curiosidad, por lo que preguntamos a nuestros
compañeros de trabajo (si es que los tenemos, o no estamos aislados físicamente para que eso ocurra) cómo se
hace su parte, al menos para conocer el trabajo anterior y posterior más inmediato al nuestro.
Una buena jornada laboral, puede llegar a depender de factores tales como que la automatización de las tareas que
realizamos acelere el paso de las horas hacia el final de la jornada. Pero al volver a casa, el día fue algo ajeno a
nosotros. Y al acostarnos, programamos el reloj despertador -que nos condiciona tanto el sueño como la vigilia- y
sabemos que hay muchas posibilidades de seguir soñando con el trabajo, con sus dificultades, o simplemente con su
rutina, la que forma parte de la mayoría de nuestras horas despiertos.
Al otro día volvemos a derrochar nuestro sudor, nuestra sangre, nuestra salud, nuestra vida, en una actividad en
donde lo absurdo compite con el embrutecimiento. Somos separados de toda relación no-alienada con otros
proletarios, rompiendo así la posibilidad de una comunidad humana, extendiendo nuestra existencia como seres
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atomizados, individualizados, alienados .
El capitalismo pregona en cuanto al trabajo los preceptos de racionalidad, rapidez y eficacia; pero debajo de ese
manto frío y sobrio esconde la más inhumana de las irracionalidades. Una secretaria, que un viernes por la mañana
corre entre bancos pagando impuestos de servicios que no consumió, y haciendo depósitos de dinero que no le es
propio para personas que no conoce, se encuentra contemplando el ventanal que exhibe las mercancías de un
comercio de prendas de vestir mientras espera el colectivo que la lleve al próximo banco: a pesar de estar haciendo
aparentemente nada, esos minutos forman parte de su trabajo. Ese mismo día, pero por la noche, se detiene a
contemplar la misma vidriera mientras pasea con su pareja en un “momento de ocio”, pero esos minutos son
estériles para el valor a pesar de estar llevándose a cabo la misma acción. Y a eso el capital le llama racionalidad.
Ante esta situación que describimos, el progresista democratizado
teme que seamos reemplazados por robots. Pero no comprende
que valemos menos que un robot. Al robot hay que arreglarlo si se
rompe, comprar otro… pero si nosotros –trabajadores- nos
quebramos o morimos, hay una gratuita fila interminable de
desocupados detrás nuestro. Además de que los robots no
consumirían luego las mercancías que producen.
El empleador tampoco compra las máquinas para hacer nuestro
trabajo más fácil y/o menos pesado, no nos engañemos: compra
una máquina para obtener ventajas en la competencia con otros
burgueses del mismo sector de producción. Nosotros no dejamos
de trabajar, o de hacer el trabajo pesado, sino que reducimos
nuestra actividad a una menor cantidad de pasos, lo que hace la
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Y,
jornada laboral aun más repetitiva e insoportable.
acostumbrados a relacionarnos con otros trabajadores en tanto
que objetos, si la maquina se descompone, deja de funcionar o no
lo hace como desearíamos, terminamos por insultarla...
Descargando nuestra ira, canalizándola para no atacar las
verdaderas causas de nuestro enojo, o al menos las más
inmediatas. Como cuando peleamos entre trabajadores de un
mismo establecimiento, cuando explota el cansancio, la rabia, en
vez de enojarnos con quien deberíamos.
Mientras tanto los liquidadores de nuestra clase, argumentando
que sólo son proletarios quienes son obreros, y -peor aúnreduciendo la categoría de obrero a quienes sólo desarrollan un
trabajo material, entonces un empleado de limpieza o la cajera de
un supermercado no serían proletarios. El obrerismo es obsoleto
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porque la misma producción capitalista lo ha superado .
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La situación de alienación del trabajo, que viene apareciendo a lo largo de los textos es una noción histórica transitoria, a
diferencia del planteamiento que sostiene que toda actividad humana realizada para satisfacer sus necesidades es “alienación”.
Es en estas relaciones capitalistas de producción que nos negamos en vez de afirmarnos como seres humanos, que nos
vendemos a otro, quien se apropia no sólo del producto realizado (material o inmaterial) sino también de nuestra actividad.
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Por esto mismo es que afirmamos que cualquier máquina o instrumento no es neutro, y que está social e históricamente
concebido. Esto o no se comprende o se oculta concienzudamente. Entonces no concebimos el comunismo anárquico como “la
toma de los medios de producción”, porque aunque hoy éstos constituyan las bases para la acción revolucionaria, ya que son las
bases del presente, no significa que vayan a ser de nuestra utilidad para siempre (¡y menos aún en la realidad que deseamos!). Si
verdaderamente tuviésemos capacidad de decisión sobre nuestra actividad humana, estos instrumentos deberían ser concebidos
en función de las necesidades humanas, y no del desarrollo capitalista. Es probable que una grandísima cantidad de esos
aparatos y máquinas no tengan un uso o sólo tengan uno negativo para el mundo que deseamos.
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Para profundizar sobre este tema ver: “El obrerismo es obsoleto” en Cuadernos de Negación nro.2, pág 15.
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