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stalinistas, troskistas, leninistas, maoístas, por un lado; y liberales, artistas, oportunistas, pacifistas, intelectuales,
punks narcotizados, hippies adictos al consumo de miseria y demases vómitos de la subcultura, por el otro… sólo
han servido para obstaculizar el desarrollo de las herramientas para la auto-supresión de nuestra clase. Pero, así
y todo, nos negamos a despreciar todo el arsenal del movimiento revolucionario, ya que es parte de nuestra
historia y no permitiremos que quede en manos de los imbéciles de siempre.
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Entendemos la actividad revolucionaria como una tensión , ya que excede lo que podría ser una filosofía, una
teoría política o hasta una práctica: es un modo de concebir la vida, de involucrarse en lo que se intenta
transformar. Esto de ninguna manera puede ser otra cosa que la realidad, y es claramente por ello que claro,
cambiamos en lo personal, pero ese nunca es el objetivo final, sino sólo una consecuencia lógica dentro de lo que
comúnmente se denomina “las contradicciones que vivimos”. Este concepto es también bastante discutible,
porque como decíamos antes nuestra intención no es transformar un objeto exterior a nosotros mismos sino
transformar la vida, esa misma vida que nos contiene: queremos abolir la contradicción entre esta forma de novida y, justamente, lo humano.
Esta contradicción, a su vez, no aparece desde el momento en que se adopta tal o cual ideología. De hecho, las
ideologías no aportarán nada en ese sentido más que la sensación de pertenencia y movimiento que sin más que
la adhesión conducirían a la revolución final. Lo que se quiere dejar en claro, al fin y al cabo, es lo siguiente: no
estamos en contradicción con esta realidad por la ideología o no que adoptemos, es decir, no estamos en
contradicción por ser comunistas y vivir en el mundo de la propiedad privada, no estamos en contradicción por ser
anarquistas y vivir bajo el ojo de dios y el pie del gobierno. Estamos en contradicción porque somos
asalariados, explotados y oprimidos en todos los aspectos de nuestras vidas, y es eso lo que nos empuja
a luchar. Podremos reconocer más claramente esa contradicción entre la vida y lo que atenta contra ella, pero
jamás nos salirnos de la realidad, por el sólo hecho de que vivimos en este mundo.
La sola idea de ser libres en un mundo de esclavos es inadmisible,
como es inadmisible por esta misma situación la justificación de otras
“contradicciones ideológicas” que sí son solucionables como la
coherencia entre medios y fines, la solidaridad, etc. La realización del
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individuo en un sentido inmediato también lo es, porque pareciera ser
que la propaganda capitalista ha dado sus frutos: lo queremos todo acá
y ahora, y si algo no nos lo proporciona no lo compramos… ¡Sí,
compramos! porque a veces hasta se comprende a la teoría-practica
revolucionaria como una mercancía más, que puede (y debe) agradar,
dar identidad, con la que se puede simpatizar, y finalmente abandonarla
cuando nos da la gana, total es una parte separada de nuestras vidas,
de la que podemos prescindir cuando sea necesario.
Pero nosotros al igual que muchas personas, hemos entendido que la revolución no tiene sentido más que

como transformación de lo cotidiano, aunque lamentablemente esto se ha malinterpretado al creer
entonces que una transformación de lo cotidiano equivaldría a una revolución11.
Aquella concepción se asemeja a las ya no tan nuevas corrientes new age, que nos dicen que podemos ser felices
y realizados si tenemos “paz interior”, sólo que algunos piensan lo mismo si tenemos “revolución interior”.
Revolución interior, que creemos necesaria en un comienzo, como paso fundamental, pero que nos excede en el
mismo instante porque no es un invento personal que fluye desde cada uno, es quizás un aspecto de la lucha
revolucionaria, que puede comenzar modificando algunos aspectos de nuestras vidas y luego empujándonos a
tomar protagonismo en la extensión de esos cambios en la totalidad del mundo… Ya que sólo podemos
realizarnos como individuos en la medida en que nos relacionemos con las demás personas.

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“He aquí lo que diferencia a un hombre político de un revolucionario anarquista. No las palabras, no los conceptos, y,
permitidme, bajo ciertos aspectos ni siquiera las acciones, porque no es su extremo concluirse en un ataque -pongamos
radical- lo que las califica, sino el modo en que la persona, el compañero que realiza estas acciones, consigue convertirlas en
momento expresivo de su vida, caracterización específica, valor para vivir, alegría, deseo, belleza, no realización práctica, no la
realización de un hecho que mortalmente se concluye en sí mismo y determina el poder decir: "Yo hoy he hecho esto”.
(Alfredo Maria Bonanno, La tensión anarquista.)
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Aquí vuelve a aparecer la visión moderna del mundo, donde todo es instantáneo...en el imaginario revolucionario muchas
veces se comete el error de querer usar como sinónimos espontáneo e inmediato. En realidad, espontáneo hace referencia
a que esto se lleva adelante sin agentes externos que lo provoquen, y no por la rapidez inmediata (o no) con la que se
realiza el acto revolucionario.
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Gilles Dauve, Prefacio a la edición española de “Declive y resurgimiento de la perspectiva comunista”. Ediciones Espartaco
Internacional www.edicionesespartaco.com

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