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TRABAJADORES DE LA CIUDAD Y DEL CAMPO.
Un proletario trabajador de la industria o un empleado, por ejemplo, es
convocado un día y se le dice que será promovido, que ya ha “pagado su
derecho de piso” y que desde allí en adelante se encontrará un puesto más
arriba.
Será una sorpresa constatar a la semana siguiente el hecho de que
sólo gana unas pocas monedas más y que su trabajo continúa siendo el mismo, con la salvedad de que por
supuesto ya no debe sentirse igual sus ex compañeros que trabajaban codo a codo junto a él: se lo invita así, a
participar en la ilusión de distinguirse de sus compañeros de siempre.
Otro proletario que se desempeña en el campo y vive trabajando para pagar, por un lado a los bancos que le
prestaron el dinero suficiente para comprar la granja, y por otro a los capitalistas vendedores de la semilla y los
fertilizantes, a los que le vendieron la poca maquinaria que compró a plazos (en muchos casos se trata de una
sola empresa que asegura todas estas funciones como capitalista) puede constatar que en la región ninguno de
los otros trabajadores se considera parte del proletariado. Casi todos se creen propietarios, y no sólo eso, además
se creen estrictamente gente de campo, lo que invariantemente sirve para confundir y someter al proletariado
agrícola. Al poner al trabajador del campo en una misma categoría con el capitalista agrario y el
terrateniente, se lo aísla de su hermano proletario de la ciudad y de los otros países. ¡Y cómo ha servido
esto en el sobresaliente conflicto inter-burgués “campo-gobierno” en la Argentina! Conflicto que se trata, no nos
olvidemos, de tan sólo una disputa entre dos modelos económicos que, a pesar de disputarse la riqueza,
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comparten el mismo modo de producirla: explotándonos.
De la misma manera, tampoco los vendedores ambulantes de la ciudad tienen conciencia de que en la práctica
están vendiendo su vida, su fuerza vital, a cambio de unas migajas que les permiten subsistir.
Entre los que se denominan “cuellos blancos”, la ilusión de no pertenecer al proletariado es todavía peor. El hecho
de que la producción se cosifique bajo formas más abstractas (servicios) con respecto al trabajador manual
contribuye a aumentar el espejismo. El oficinista está convencido de que su trabajo es menos fatigante y
destructivo que el del obrero de fábrica, y de que no es comparable arruinarse la vista (¡y mucho más!) mirando un
monitor de computadora 8 horas por día con la vida miserable de un minero. Pero no sólo esto: para hacer las
cosas aún peores, el oficinista se basa en estas apreciaciones para considerarse muy superior y diferente del otro,
fallando en su comprensión una y otra vez, ignorante de que la esencia de su vida es exactamente la misma: la
venta de sí mismo para poder subsistir, al precio de arruinarse como ser humano.
Está también el maestro de escuela que porque modela cerebros en vez de otras materias mercantiles cree que
es menos proletario, o el empleado del Estado a quien se le promete el empleo de por vida y por eso cree tener, a
diferencia del resto de su clase que vive la amenaza permanente de la desocupación, el futuro asegurado, una
seguridad que lo situaría totalmente afuera del proletariado.

ESTUDIANTES.
Los escolares, los estudiantes o en general los sectores que no están en ese momento
vendiendo su fuerza de trabajo ni siendo “directamente explotados” se creen en
general flotando entre las clases y mucho menos proletarios que el obrero que vive al
lado o hasta ¡en su propia casa!. Todo lo que socialmente se designa por
educación y cultura está destinado a producir trabajadores con conciencia de
ciudadanos, proletarios con ideología de “hombres libres”, productores con la
ideología de “consumidores”.
A los hijos de proletarios que van a la escuela primaria, secundaria y/o universitaria, que reciben además una
buena dosis cotidiana de televisión y van siendo así formados como fuerza del trabajo del capital, se les oculta
que son parte de una clase reproduciéndose como esclava. Al mismo tiempo y paralelamente, se les va
imponiendo, desde el jardín o los primeros años de escuela, elementos indispensables para aceptar luego la
disciplina de la oficina, la fábrica o el supermercado: disciplina y orden escolar, horario de trabajo, recreación
como corta suspensión entre dos tiempos de trabajo, volver a la casa para reproducir sus energías para soportar
más escuela y luego más trabajo.

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Se puede ampliar sobre este tema con: “¿Quiénes y cómo nos van a chupar la sangre? Acerca del conflicto de intereses
campo-gobierno” realizado por Anarquistas Rosario, disponible en:
http://ar.geocities.com/anarquistasrosario/campogob.html

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