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Sobre el factor de impacto
Actualmente, y desde hace unos años, estamos asistiendo a un período de cambio en la
ciencia. Atrás quedaron ya aquellos grandes genios solitarios que vivían la ciencia por la ciencia,
experimentando por su cuenta en sus propias casas u otros laboratorios personales. A día de hoy,
como tantas otras cosas, la ciencia ha caído en las redes de las grandes empresas y los
experimentos pasaron del sótano de la casa del científico de turno a los laboratorios de los
equipos privados de tal o cual compañía (o gobierno). Como todo lo que es fagocitado por el
sistema económico, la investigación pasó a estar sujeta a criterios de productividad y
rentabilidad, para lo que, obviamente, se necesitaba un factor que pueda medir tal cosa. Este
factor es el factor de impacto.
El Instituto de Información Científica calcula, clasifica y ordena la relevancia de las
publicaciones científicas en función de dos variables: por un lado, el número de citas recibidas;
por otro, el número de artículos publicados. El factor de impacto de una determinada revista es
directamente proporcional al número de veces que es citado e inversamente proporcional al
número de artículos que ha publicado, lo que elimina la ventaja de la que gozarían aquellas
revistas que publicasen mayor cantidad de contenidos. En otras palabras, el factor de impacto es
la media de citas por artículo de la revista, ni más, ni menos. El problema de este cálculo viene
de la extrapolación de las citas recibidas a la calidad científica de la revista.
El factor de impacto es un medidor de calidad demasiado arbitrario para las importantes
repercusiones que acarrea en el panorama científico., más aún teniendo en cuenta las
consecuencias negativas de esta influencia.
En primer lugar, la medición de la supuesta importancia de una publicación científica queda
marcadamente sesgada por una de las características principales de la ponderación: sólo se tienen
en cuenta artículos con menos de dos años. Precisamente, ese es el tiempo aproximado que toma
llegar a publicar en alguna de las revistas más importantes, por lo que los descubrimientos ya
habrán perdido su novedad (y, por consiguiente, buena parte de su interés) para cuando se hayan
publicado. Por otra parte, de cuando en cuando podría surgir algún artículo especialmente
revelador para la ciencia que continuase siendo citado mucho después de esos dos años, pero sin
contribuir a aumentar la puntuación de la revista en que haya aparecido. Así pues, no podemos
tomar el factor de impacto como un indicador realmente preciso del prestigio o del peso de una
revista en la comunidad científica, ya que se ve afectado de forma decisiva por un criterio tan
carente de sentido como la novedad de los artículos citados.
Por otra parte, el segundo sesgo importante a la hora de tomar las cifras con que se calcula la
relevancia de una revista es el hecho de que cuentan las citas tanto propias como las ajenas. Es
decir, no importa si un artículo es citado desde otra revista o desde la misma en que se haya
publicado. Si bien no sería justo que un artículo no contribuyese al numerador del índice de
impactos por el mero hecho de que aquellos investigadores que lo citen publiquen en su misma
revista, lo es aún menos que los interesados en aumentar dicho índice sean aquellos mismos que
tienen control sobre él. Dicho de otro modo, una revista que dé prioridad a aquellos artículos de
los que obtendrá más citas para sí misma, verá notablemente incrementado su supuesto prestigio,
lo que da pie a los más diversos tejemanejes y a estrategias de márketing que poco tienen que ver
con el verdadero progreso científico.
No hay un número máximo de citas en lo que respecta al contenido de un artículo. Es decir,
los artículos de una determinada revista citados en una nueva publicación pueden ser desde tan
pocos como ninguno hasta tantos como todos: bastaría un sólo artículo publicado en una cierta
Eloy Granda del Valle – Filosofía de la Ciencia
