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Juan Domingo Perón

Modelo Argentino para el Proyecto Nacional

Estado debe ineludiblemente acudir como apoyo real y estímulo, como
así también, hacer un uso intenso de su poder como fiscalizador, control
y regulador.
En cuanto al apoyo, éste debe materializarse a lo largo de todo el espectro
de actividades que directa o indirectamente se refieren al quehacer agrario;
desde la capacitación técnica, hasta la creación de condiciones para la explotación; pasando por el apoyo financiero para las distintas etapas de la
producción y comercialización.
Sólo podremos exigir el cumplimiento de un compromiso social si previamente facilitamos los medios básicos para llevarlo a cabo.
El asesoramiento técnico, el apoyo crediticio, la política fiscal y el desarrollo de cooperativas agrarias son instrumentos que deben usarse en forma
intensa, particularmente para aquellos que se encuentran en inferioridad de
condiciones para producir.
El apoyo para lograr el aprovechamiento de las zonas ociosas debe ser
motivo de especial preferencia, pero una vez satisfechas adecuadamente las
necesidades de las zonas aptas.
En su función fiscalizadora y de regulación, el Estado debe previamente
definir con absoluta claridad su participación, y una vez logrado el consenso
general se deberá proceder sin solución de continuidad.
Nuevamente la política fiscal cumple aquí un decidido papel para obligar a la explotación racional de los recursos, evitando capacidades ociosas.
Producir cada día más, manteniendo la fertilidad de las tierras, debe ser
criterio rector.
La intervención directa en el proceso de comercialización interna y externa, como así también en la fijación de precios que aseguren un beneficio
normal y una eliminación de la incertidumbre del futuro, son también responsabilidades que el Estado no debe bajo ningún concepto delegar y menos
aún olvidar.
J) La industria
El sector industrial ha ido creciendo en la Argentina hasta convertirse
en parte importantísima de la actividad económica; de ahí la necesidad de
delinear, a grandes trazos, cuáles serán las pautas que han de regir su comportamiento dentro de la comunidad que anhelamos.
Me parece evidente que nadie puede, razonablemente, dudar que la planificación es imprescindible; de ahí que, una vez identificadas las necesidades

auténticas de la sociedad, habrá que cuantificarlas. Deberá, entonces, determinarse cuánto y qué producirá el Estado; cuánto y qué, el sector privado.
En lo que concierne a la actividad industrial estatal, la planificación será
estricta y la coordinación de los esfuerzos, máxima. Para el quehacer privado
se establecerán marcos –con la flexibilidad que las circunstancias sugieran–
dentro de los cuales el empresariado desenvolverá su capacidad creativa.
Si tanto el Estado como el sector privado comprenden que su meta es la
misma –el bienestar de toda la comunidad– la determinación de los límites
de acción no puede ser conflictiva.
Sin embargo, el Estado deberá evitar que estos marcos que encuadran
la actividad privada sean excesivamente cambiantes o confusos, pues esto
sumiría al empresariado en la incertidumbre, desalentaría las inversiones y
fomentaría la especulación.
El capital foráneo ocupará también un lugar dentro del esquema industrial, aquel lugar que el país juzgue conveniente para sus propios intereses.
Hay que tener siempre presente que aquella nación que pierde el control
de su economía, pierde su soberanía. Habrá que evitar, entonces, que esa
participación extranjera –en forma visible o embozada– llegue al punto de
hacernos perder el poder de decidir.
Ya he afirmado, y volveré más adelante sobre esto, que la tecnología es uno
de los más fuertes factores de dependencia en la actualidad. Resulta importante enfatizar que este hecho se agudiza en el caso del sector industrial.
Si nuestra industria es ya fuerte, en el Modelo la deseamos aún mucho
más importante. Necesita, entonces, una tecnología que cimente su desarrollo, pero esta necesidad no debe instrumentar la acción de un poderoso
factor de dependencia.
La alternativa surge clara: tenemos que desarrollar en el país la tecnología
que nutra permanentemente a nuestra industria.
Estado y sector privado deben volcar todos sus esfuerzos en ese sentido,
cada uno en la medida de sus posibilidades. El gasto en investigación y desarrollo debe ser tan grande como jamás lo haya sido hasta ahora, pero tan
bien programado como para soslayar cualquier posibilidad de despilfarro.
Deben aprenderse bien estos conceptos, pues son absolutamente esenciales:
sin tecnología nacional no habrá una industria realmente argentina, y sin tal
industria podrá existir crecimiento, pero nunca desarrollo.
La tarea que se propone no es fácil. Hay que remendar la herencia de un
esquema ferozmente competitivo, en el que sólo primaban fines solitarios o

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