Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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curiosidad y el placer; sólo se consigue crear represiones, obse­
siones, neurosis; el sentimentalismo exaltado, los fervores homo­
sexuales, las pasiones platónicas de las adolescentes, con todo lo
que suponen de tontería y disipación, son mucho más nefastos
que algunos juegos infantiles y algunas experiencias precisas.
Lo más útil para la niña es sobre todo que, al no buscar en el hom­
bre un semidiós -sino un compañero, un amigo, un asociado--,
nada le impediría asumir su propia existencia; el erotismo, el
amor tendrían un carácter de libre superación y no de rendición;
ella los podría vivir como una relación de igual a igual. Por su­
puesto, no se pueden suprimir de un plumazo todas las dificulta­
des que la niña tiene que superar para transformarse en adulta; la
educación más inteligente, la más tolerante no puede evitar que
haga a su costa su propia experiencia; lo que se puede pedir es que
no se amontonen gratuitamente obstáculos en su camino. Que no
se cauterice con hierros al rojo a las niñas «viciosas» ya es un pro­
greso; el psicoanálisis ha instruido algo a los padres; no obstante,
las condiciones actuales en las que se desarrollan la formación y
la iniciación sexual de la mujer son tan deplorables que ninguna
de las objeciones que se oponen a la idea de un cambio radical tie­
ne validez alguna. No se trata de abolir en ella las contingencias y
las miserias de la condición humana, sino de darle medios para
superarlas.
La mujer no es víctima de ninguna fatalidad misteriosa; las
singularidades que la especifican obtienen su importancia en el
significado que revisten; podrán superarse en cuando se capten
dentro de una perspectiva nueva; hemos visto que a través de su
experiencia erótica, la mujer sufre -y a menudo detesta- el do­
minio masculino: no hay que deducir de ello que sus ovarios la
condenen a vivir eternamente de rodillas. La agresividad viril
sólo aparece como un privilegio señorial en el seno de un sistema
que conspira exclusivamente para afirmar la soberanía masculi­
na; y la mujer sólo se siente en el acto amoroso tan profundamen­
te pasiva porque se concibe de entrada como tal. Al reivindicar su
dignidad de seres humanos, muchas mujeres modernas siguen
percibiendo su vida erótica a partir de una tradición de esclavitud;
por esta razón les parece humillante estar tendidas debajo del
hombre, penetradas por él, y se agarrotan en la frigidez; pero si la
realidad fuera diferente, el sentido que expresan simbólicamente
gestos y posturas amorosas lo serían también: una mujer que
paga, que domina a su amante, por ejemplo, puede sentirse or-

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