Compendio de Textos para PAU UCLM 2025 26.pdf


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Las mujeres que afirman que son hombres, no dejan de reclamar
atenciones y consideración por parte de los hombres. Recuerdo
también una joven trotskista de pie sobre un estrado en un mitin
tormentoso que se disponía a actuar violentamente, a pesar de su
evidente fragilidad; negaba su debilidad femenina, pero era por
amor a un militante con el que quería estar en pie de igualdad. La
actitud de desafio en la que se crispan las norteamericanas
demuestra que están obsesionadas por el sentimiento de su femi­
nidad. En realidad basta pasearse con los ojos abiertos para com­
probar que la humanidad se divide en dos categorías de indivi­
duos en los que la vestimenta, el rostro, el cuerpo, la sonrisa, la
actitud, los intereses, las ocupaciones son claramente diferentes;
quizá estas diferencias sean superficiales, quizá estén destinadas
a desaparecer. Lo que está claro es que de momento existen con
una evidencia deslumbradora.
Si la función de hembra no es suficiente para definir a la mu­
jer, si también nos negamos a explicarla por «el eterno femenino»
y si no obstante aceptamos, aunque sea con carácter provisional,
que existen mujeres sobre la tierra, tenemos que plantearnos la
pregunta de rigor: ¿qué es una mujer?
El enunciado mismo del problema me sugiere inmediatamen­
te una primera respuesta. Es significativo que me lo plantee. A un
hombre no se le ocurriría escribir un libro sobre la situación par­
ticular que ocupan los varones en la humanidad2. Si me quiero de­
finir, estoy obligada a declarar en primer lugar: «Soy una mujer»;
esta verdad constituye el fondo sobre el que se dibujará cualquier
otra afirmación. Un hombre nunca empieza considerándose· un
individuo de un sexo determinado: se da por hecho que es un
hombre. Si en los registros civiles, en las declaraciones de identi­
dad, las rúbricas hombre o mujer aparecen como simétricas es una
cuestión puramente formal. La relación entre ambos sexos no es
la de dos electricidades, dos polos: el hombre representa al mis­
mo tiempo el positivo y el neutro, hasta el punto que se dice «los
hombres» para designar a los seres humanos, pues el singular de
la palabra vir se ha asimilado al sentído general de la palabra
horno. La mujer aparece como el negativo, de modo que toda de­
terminación se le imputa como una limitación, sin reciprocidad.
A veces me he sentido irritada en una discusión abstracta cuando
2 El informe Kinsey, por ejemplo, se limita a definir las características se­
xuales del hombre norteamericano, que es algo completamente diferente.

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