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g, h, l, m, n) equivaldrán a los números del
1 al 9, mientras las vocales indicarán el
orden decimal (a = unidades, e = decenas,
i = centenas, etc.; para cifras más allá de
cinco dígitos se usarán diptongos). De este
modo, —sigo el ejemplo de Leibniz— el
número 81374 se podría traducir como
bodifalemu o mubodilefa (o cualquier otra
combinación de sílabas).
¿Útil?, ¿práctico? Mejor dejemos estas
cuestiones para los lingüistas y sigamos
indagando un poco más.
Se conoce un libro con el título Tabularum
mnemonicarum de un tal Johannes Buno
que, publicado un año antes que el de
Winkelmann, describe algunos hechos
históricos; junto a ellos, anotada en el
margen, aparece una palabra numérica
equivalente al año de dicho suceso. Se
utiliza exactamente el mismo sistema, el
mismo código fonético que Winkelmann
describirá por primera vez en su libro un
año después. Sospechoso esto, ¿verdad?
Si Buno conocía el sistema antes de que
Winkelmann lo explicara, significa que
ambos tuvieron que aprenderlo de algún
autor previo.
Parece ser que Winkelmann y Buno eran
compañeros de escuela en Marburg y
cuando el segundo se traslada a estudiar a
la universidad de Sorø, en Dinamarca,
invitará a su amigo a pasar una temporada
con él. Se especula si fue allí donde descubrieron un código fonético y el sistema
de las palabras numéricas de la mano de
un profesor de retórica de aquella universidad, Niels Aagaard, que también ejercía
de bibliotecario. Buno nos da una pista en
su libro Historische Bilder de 1672, donde
afirma que este sistema mnemotécnico lo
encontró en un viejo manuscrito de la
biblioteca, pero no aporta más datos. Es
muy probable se refiera a un manuscrito
de la biblioteca de la universidad de Sorø,
pero esto nos conduce a un callejón sin
salida. Al clausurarse la universidad en
1665 se desmanteló su biblioteca: algunos
libros fueron vendidos, otros se llevaron a
la biblioteca de la universidad de Copenhague que ardería hasta los cimientos en
un gran incendio el año 1728, convirtiendo los libros en ceniza y en humo nuestra
esperanza de descubrir allí algo más.
En todo caso, sea cual sea el origen de la
idea, algunos expertos han apuntado como eso del código fonético y su sistema
de palabras numéricas es cualquier cosa
menos revolucionario, pues hay un antiguo y conocido precedente: la lengua
hebrea.
En efecto, este idioma no tiene ningún
signo especial para los números, pues se
representan con letras. Es decir, para referirse al 1 se escribe la letra ( אalef), para el
2 la ( בbet), etc. Por tanto, ciertas palabras, además de su significado habitual,
pueden también señalar una cifra.
Y al igual otras lenguas antiguas, el hebreo
—el hebreo antiguo— posee un alfabeto
consonántico, lo que significa que las vocales no se escriben, las ha de interpretar
el lector (es como si nosotros, para referirnos a un árbol, escribiéramos RBL; solo
tienen valor las consonantes, las vocales
se omiten).
Esto ha dado pie a diversos malentendidos, algunos realmente curiosos. Bradwardine proponía los cuernos de Moisés
como símbolo del dos, pero, ¿por qué se
representa a Moisés con cuernos (véase el
famoso Moisés de Miguel Angel, por
ejemplo)? Cuando a finales del siglo IV el
exegeta san Jerónimo se embarca en la
redacción de una biblia en latín, a partir
de los textos disponibles en griego y
hebreo, hay un punto —Éxodo 34, 35— en
que se encuentra con el término KRN, que
interpreta como «karan» (cuerno) cuando
en realidad debía ser «keren» (radiante,
luminoso). El resultado es que en vez de
mostrar a un Moisés de rostro resplandeciente (keren) describe un rostro con
cuernos (karan). De ahí que, fieles a la
