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Así —sigo sus propios ejemplos—, el
número 1632, en lugar de decir «mil seiscientos treinta y dos» se podría traducir
como parce, prace o afice, expresiones
mucho más cortas; el número pi (3,14159)
se resumía en el término cadator, 7854
era gluo y el 5236 tecar. Estas palabras
carecían de cualquier significado y no se
propone en el texto ninguna técnica para
memorizarlas: simplemente constituían
breves términos que, según Hérigone,
resultarían más fáciles de recordar que el
propio número en sí.
Esta idea no tuvo mucha repercusión,
quizás eclipsada por la propuesta de Winkelmann, mucho más eficiente desde el
punto de vista mnemotécnico, o quizás
sencillamente porque pasó desapercibida:
Hérigone expone la idea, no en un libro de
mnemotecnia, sino en un pequeño capítulo de seis páginas dentro de un extenso
tratado de matemáticas de varios volúmenes. Y los matemáticos que lean a
Hérigon verán en esto tan solo una excentricidad. Gaspar Schott, en su —también—
Cursus mathematicus, dirá al respecto:
«ingeniosa quidem est, sed nec necessaria
est, nec utilis, nec jucunda» (aunque ingeniosa, no es necesaria, ni útil, ni agradable).
La influencia de Hérigone en la mnemotecnia será, pues, nula. De hecho, nadie
supo de esta propuesta hasta el siglo XIX
cuando el italiano Benedetto Plebani, un
estudioso de la mnemotecnia, casualmente descubre este capítulo revisando un
libro de matemáticas: «Nel 1867, mentre
scorrevo per certe mie ricerche matematiche i tre grossi tomi Cursus Mathematici
Petri Herigoni, Parisiis 1634, m’imbattei
casualmente nel capitolo intitolato:
arithmetica memorialis...».
Por tanto, incluso quienes hoy hablan de
un «sistema Hérigone», en realidad no
están usando el modelo del francés, sino
el propuesto por Winkelmann.

Pero Winkelmann, a su vez, también tuvo
que ser descubierto.
Por aquellos tiempos era relativamente
común —aún lo es⁠— que los autores de
mnemotecnia, ironías de la vida, «olvidasen» citar sus fuentes, dejando la puerta
abierta a que el desprevenido lector cayera en el error de atribuirles el descubrimiento de lo que estaba leyendo (algunos
han habido que, sin ningún reparo, se han
apropiado la autoría de ideas ajenas, dando lugar a más de un pleito).
En la época de Plebani era habitual señalar la idea del código fonético al británico
Richard Grey, que fue el primer autor de
éxito en utilizar este recurso ampliamente. También, durante mucho tiempo, no
fueron pocos los que otorgaron la paternidad al famoso filósofo y matemático
alemán Gottfried Leibniz.
En efecto, Leibniz estaba bastante al tanto
de la mnemotecnia de su tiempo y en
algún escrito le vemos utilizar la técnica
de las palabras numéricas con un código
fonético muy similar al que Winkelmann
había publicado apenas unas décadas antes (estos apuntes no se han llegado a
editar; según cuenta el historiador Paolo
Rossi, se encuentran reunidos bajo el título Mnemonica sive praecepta varia de
memoria excolenda en un manuscrito catalogado como Phil. VI. 19).
Pero es otro sitio donde hemos de centrar
la atención. En una nota que lleva por
título Lingua generalis (véase el libro de
Louis Couturat Opuscules et fragments
inédits de Leibniz de 1903, pág. 277) vemos al filósofo fantasear con la creación
de una lengua universal; en un momento
dado se plantea el problema de cómo
habría que nombrar las cifras en este nuevo idioma.
Su propuesta, en un ejercicio que recuerda mucho al de Hérigone, ofrece la siguiente solución: las nueve primeras consonantes del abecedario latino (b, c, d, f,