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Villa Gesell, 2021

A mediados de Noviembre, al cartel de la casa vecina le adosaron otro que decía Vendido.
Adiós al dulce.
Entraron muebles y canastos y cajas, es la primera mudanza que veo arribar pero aún así la
escalera de hierro me resulta extraña, a mis padres igual. Es larga muy larga. Cuando la
colocaron en el fondo, parada es muy alta. Demasiado. Más que el techo de la casa, sí, casi el
doble.
Vivo en un pequeño chalé que está en el centro del terreno, la luz entra por sus ventanas a toda
hora, una modista amiga de mi madre dice que tiene charme.
Mi dormitorio está en el primer piso, y como en el juego de las escondidas, cuando es real, allí
me refugio y paso largos ratos cavilando ensueños.
Tengo vista directa a la escalera y si corro apenas la cortina logro espiarla, me gusta mirar sin
ser vista, descubrir misterios tiene ese encanto que se pierde cuando las miradas se cruzan.
Claro que la escalera no puede mirarme, salvo que alguien la suba, y ahí si sería inevitable,
porque es caracol y el que la transitara, en algún giro enfrentaría mi ventana, en realidad en
varios, me turbaría con las varias miradas, como las que posa en mí Tadeo, mi compañero en
el aula. Sabrá él que lo descubrí.
Subirá alguien una escalera que no lleva a ningún lado.
Cuento los escalones, tarea que no concluye en un mismo número, resultan ser muchos y me
pierdo en las curvas que están atrás. Tengo que marcarlos y como no puedo ir al jardín donde
está plantada, pego banditas rojas sobre el vidrio de la ventana, a la altura de cada vuelta del
caracol, me siento siempre en la misma silla en el mismo lugar y sumo treinta y cuatro escalones
y un descanso final.
Aguardo no se qué, pero cuando la espera es difusa nada es inesperado.
Igual la sorpresa es un brinco en el cuerpo, salto de la silla y me paro ansiosa, un detener el
respirar, para no distraerme.
Acuden en atropello detalles de una figura partida que procuro armar, la capa roja, la galera
negra, la cara, la cara que no se la veo, zapatos con brillo y pantalón con la raya marcada,
también negros; y un andar tardo, recto, hasta que llega a la escalera, ahora lo sé alto, por lo
menos para mí, la altura de nueve escalones.

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