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9 Cuentos cortos | Alberto Naso
Los productos que exhiben tienen el aire manso de las artesanías ingenuas; los juegos, un
toque naïf que captura la mirada y facilita volver a ser niño.
Juliana no puede ayudar a sus colegas porque hoy se ocupa de mí, aunque sutil debería decir
que quiere ocuparse en mí.
Caminamos displicentes, en ese paseo de reconocimiento del lugar que no crea compromiso
aunque lo esboza.
Luego, sentados en un rústico banco de madera, bajo árboles añosos, más viejos que el
edificio, hablamos de lo visto y de lo que alcanzamos a ver ahora, en un coloquio de
intrascendencias que ayuna de palabras mayores, pero por lo menos sirve para vivir sin tedio.
Los aros que hay que ensartar en las botellas de colores, el laberinto encantado, las muñecas
de trapo, la carpa de la adivina.
La madre de Juliana y la mía parecen haber hecho mutis.
El péndulo loco que voltea latas, las estatuitas de vidrio, la carpa de la adivina, los dardos con
ventosas de goma en las puntas.
A mi madre y a la de Juliana no las divisábamos.
La pared de alpinismo, la parrilla con lomos, hamburguesas y chorizos, la carpa de la adivina.
Cumplidor del sino, entré con la unción del creyente, dejando atrás el cartel que prometía: “Adela
lee tu futuro”; también quedó afuera Juliana, porque a la adivina se la consulta en soledad.
La tela de la carpa difumaba en un verde amarillento la luz del sol, sosteniendo ese aire de
misterio necesario. Adela aguardaba sentada detrás de una pequeña mesa redonda, que
cubría un paño blanco de impecable limpieza, primorosamente bordado en el ruedo con
símbolos que por desconocidos intrigaban.
De un pañuelo verde sujeto a la cabeza, descendían en estudiado desorden, bucles negros que
cubrían sus hombros y parte de su espalda. Un largo vestido blanco, alforzado, animaba al
consultante a proyectar en su figura la mística que cada uno imagina, aquella que hace a la
empatía necesaria.
Me senté y mientras duró el silencio la miré a los ojos grandes y verdes, reflejos de esmeraldas,
ofrendas oníricas que alucinan. Su voz querendona salvó mi mudez.
- Me llamo Adela, y tu nombre cual es.
Dialogamos pero solo recuerdo sus palabras.
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