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Villa Gesell, 2021
Así transité enantes, y lo recuerdas, bueno, espero que así sea. En ese lapso de aprender el
oficio de abuelo vacilé tantas veces como retos recibí de los que sabían lo exacto. Todavía
tengo en la explanada del tiempo que es la memoria, registro de resbalones y caídas.
Ahora que buscaste otros países para desatar el vuelo de tus parapentes, camino por la
explanada, sigo siendo hombre atado al suelo, y encuentro en los mojones con tus ansias de
volar el germinar de las quimeras, que dejan de ser cuando se materializan en el presente de
un día cualquiera.
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Abuelo, tu carta es una invitación al cuento, lo asemejo a aquellos que me referiste durante mis
años de niño, solo que ahora hay dos que narran, en un dueto que la diferencia en años no
hará desafinar.
Intento escribir dentro de los límites que cómplice acepto.
Vivo en un pueblo de diez mil habitantes, al pie de un cerro que nunca se cubre de nieve, el sol
que se muestra casi todos los días, virtud que comparte con la ausencia de nubes que lo
cieguen, es compañero de vientos con temperaturas que hacen la delicia de los parapentistas.
Cuando correteo el terraplén, al borde del precipicio, y me lanzo al vacío, supero mi congoja
de niño que en sueños volaba sin poder levantar altura, y al irritar vecinos con mi vuelo espía,
recibía palizas dadas con objetos varios, los que tenían en sus patios y jardines.
Por eso en ocasiones lloraba de dolor y de impotencia, y caía en un ahogo respiratorio, que
ahora te desvelo cual era la causa, y despertaba palmadas de mi madre en la espalda, el
socorro del amor que me llevaba al silencio. Un día se lo conté para que no se preocupara, y
me sorprendió diciendo que fueron también sus sueños.
Ahora pienso si los sueños se heredan. Y cuál heredaré de vos.
Por ahora me basta la pincelada de ira que subyace en este jeroglífico que proponés.
Sería una necedad no aclararte que desparasitar la escritura, así como así, no es tarea de una
trasnochada, y recurrir al auxilio de los que te rodean descubre historias que como la del
sueño de volar no querés te pongan en solfa. En esta solisombra aumento la lentitud que me
acompaña por naturaleza, ese andar por buhardillas donde siempre se encuentra una silla rota,
o un sillón de tela con desgarros que igual sirven para sentarse a reflexionar, freno necesario
del pensamiento que aventa equivocaciones. Aun así me puedo equivocar.
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