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Villa Gesell, 2021

- ¿Nosgoro - deguereteguerenegueremosgoro?
Nos detenemos a la sombra de tres viejos eucaliptos salidos de un mismo e inmenso tronco,
como si hubieran nacido trillizos, o quizás raíces juntadas, pegadas para combatir el frío y la
soledad, buscamos cobijo al sol que irrita en la media mañana, y cuando consultamos en el
mapa de ruta la coordenada de este lugar, le quitamos el aire de naturaleza en aras de conocer,
¿cuántos kilómetros vagamos?, ¿cuántos faltan?
Venimos de descubrir que la memoria, fallida ilusión de permanencia, engaña; y las míticas
medialunas de la ruta 2 son más feas que las de la panadería de la polaquita, allá en el barrio,
y el café recalentado tenía sabor a viejo.
Ahora mate con bizcochitos de grasa. Del mate me gusta el ruido de la bombilla cuando aspira
esa nada de líquido final, gozo sonoro permitido, aceptado social, -obligado- como dijo un
entrerriano, el mismo que se prohíbe cuando uno toma la sopa caliente y quiere evitar
quemarse. Sí, yo se que son cosas distintas, pero el ruido, el ruidito, el aspirar sonoro es uno
solo.
El mate sin agua me sabe a los ríos cuando pasan del mapa de ruta a su realidad terrestre, y
cebar mate es reponer el agua, dibujar un mapa, construcción sociabilizadora que pasa de mano
en mano.
Seguimos el viaje, papando moscas, como pájaros quietos, sorprendidos, ingenuos en la espera
de la novedad que vendrá de los costados de la ruta.
Y que llega de arriba. Algo remontado el mediodía las nubes avanzan hacia nosotros, comiendo
las sombras en un ensayo de noche gris, allí hasta donde alcanza la mirada, fin provisorio del
camino recto, tapian el cielo, algo a la izquierda, con montañas oscuras, negro aviso de lluvias;
alguien pregunta si vamos a meternos en la tormenta, no interesa quién cuando todos
pensamos lo mismo. Digo que no, porque supongo que es allí donde doblaremos a la derecha,
buscando del sol un algo de luz inquieta, que seduzca a la sombra en un juego de encuentros
opuestos, dinámica de vida, burbujas que parecen descender en el haz de un cono y
desaparecen cuando tocan el asfalto, la tierra, los árboles.
Desde la radio del auto nos llegan “Los de Salta” cantando la zamba del Tiempo verde, justo
cuando dice: “Que tristeza morir en alguna primavera”.

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