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Villa Gesell, 2021

El reloj
Los resortes saltaron y un montón de pequeñas piezas se desparramaron por la mesa y el piso.
Fue en la infancia, no recuerdo bien si a los nueve o diez años, pero la precisión no es atinente,
importa eso sí que al reloj no lo pude armar más.
La pérdida, como una marca de ganado, me acompaña en el albor de setenta años después.
La repetición de la imposibilidad original, la incapacidad de cambiar y resolver el entuerto se
materializó en un sustituto espiritual, el horario que es distinto al tiempo, perdió ante la decisión
de no usar reloj.
Llegar puntual a todos los encuentros se volvió marca registrada.
Las muñecas de los brazos izquierdo o derecho desconocieron ese contacto físico y social,
donde nacen señales uniformistas, el sol ganó centímetros de piel para tostar, la parla encontró
respuestas para la pregunta inevitable en muchos asombrados de la ausencia, esquivando con
cintura de boxeador, el requisito de una civilidad necesaria, que engloba en el uso y distingue
en la joya.
Estirar el brazo, con un leve quiebre del codo, hacia adelante, en el movimiento por tantos
repetido, buscando la ayuda de las agujas o los números digitales, no encontró lugar en la
gimnasia cotidiana.
El mundo y el espacio de las relojerías primerió en las ajenidades, sin pretensión de manifiesto,
obliterando mescolanza innecesaria, aunque usted se inquiete y me pregunte, repitiendo la
interrogación de muchos, cómo se puede vivir sin reloj.
De a poco me ganó el gerundio de relojear, en esa manifestación del futuro que es yo relojearé,
cuando lo necesite, en la luz del sol y su sombra puntual o alargada, en los comercios generosos
que tienen relojes en vidrieras o paredes interiores, en el entrenamiento de adivinar en las
noches, durante el sueño,

las madrugadas, obviando el despertador,

sonoridad de la

interrupción, sobresalto de una invasión.
En paralelo, puede ser que como justificación, pensaba en relojes sin cuerda, sin pilas,
apagados, inútiles en el devenir del tiempo que indiferente no cesaba, y no cesaría mientras
pendulara el metrónomo del corazón.


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