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Ciencia

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Desde su aparición, en Wuhan,
durante los últimos días de
diciembre del año 2019, el coronavirus ha cobrado más de un
millón de vidas humanas y ha
infectado —casos confirmados
por PCR— a más de treinta y
ocho millones y medio de personas; en un tiempo récord de tan
sólo ocho meses… hasta ahora.

perso

n

El año 2020 ha sido uno de los peores y más catastróficos años de la humanidad en lo que
va del siglo XXI, asegurarían algunos. Por supuesto que dependiendo de la zona geográfica
del globo terráqueo en el que se esté, se encontraran razones de peso para sostener y avalar
esta singular idea. Sin embargo, existe un hecho transversal que ha hecho de esta aseveración, la frase que definió el año 2020.

T

odo pareció iniciarse con el asesinato de Quasem Soleimani,
en Irán —suceso que hizo presagiar una tercera guerra mundial nuclear y que provocó la caída estrepitosa de las bolsas
mundiales—, luego continuó con los incendios forestales que consumieron casi seis millones de hectáreas de bosque nativo en Australia;
acabando con la vida de los marsupiales más dóciles del mundo:
Los Koalas. Luego vinieron los «avispones asesinos» en Japón y en la
costa oeste de EE.UU. Y luego vino la explosión de una inmensa bodega en el Líbano. Todos ellos, por mencionar sólo algunos, han sido
los marcadores de uno de los años más complejos desde el punto
de vista humano. Sin embargo, es indudable que la aparición del
coronavirus ha sido el suceso transversal que unificó este sentir y
que ha dejado la amarga sensación de que este 2020 será el fin del
mundo, y que ha llevado a varios a homologarlo con Jumanji.
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REVISTA LEGOS · NOVIEMBRE 2020

¿Habíase visto semejante estadística, en alguna oportunidad
o en alguna época anterior?
La verdad es que la respuesta es
un «sí» rotundo. Si comparamos
la pandemia del coronavirus
con la pandemia de la «peste
negra», ocurrida a mediados del siglo XIV o con la
«gripe española», ocurrida
a inicios del siglo XX, las
estadísticas del coronavirus son de órdenes de magnitud inferior, considerando que
se ha llegado a estimar que la
peste negra cobró alrededor de
doscientos millones de vidas, y
que la gripe española, cincuenta
millones…
¿Por qué entonces nos da la sensación que el coronavirus, que
parece sólo un pequeño infante
al lado de un gigantesco monstruo como la peste negra o la
gripe española, es tan peligroso,
amenazante y mortal?

La respuesta parece radicar en el
contexto: Es lógico y esperable
que, en un siglo en que ni siquiera
se había incorporado la palabra
«jabón» o «higiene» al diccionario,
o que estaba a poco más a doscientos años de la invención del
microscopio, viera su población
diezmada. Hoy el siglo XXI, era de
la medicina nuclear, de los viajes
al espacio, antibióticos de última generación y de la ingeniería
genética, ¿puede un virus, cuya
estructura molecular ha sido incluso ya secuenciada, ponernos
contra las cuerdas?
No parece lógico, ¿o sí?
El coronavirus es una pequeña esfera de lípidos llena con
material genético; es decir,
con la información necesaria
para fabricar más copias virales, cada una de las cuales
cuenta con su propia información
para producir más copias virales.
Un plan maestro. El coronavirus,
en su infinita sabiduría y osadía,
se vale de la maquinaria metabólica del huésped —los neumocitos
y células epiteliales del tracto respiratorio humano— para que éstas
fabriquen millones de copias de él,
hasta el punto de hacer estallar a
la célula huésped liberando a todas las copias virales recién fabricadas; momento en que la cadena
se vuelve indetenible, y de creciCIENCIA

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